¿Tienen las mujeres salvadoreñas, una oportunidad para el desarrollo, con el uso de las remesas?
J. Jimenez
Aunque parece que son más las mujeres que se benefician de las remesas, por ser ellas las que reciben mayoritariamente los fondos de las mismas, esto no implica necesariamente que cambien su relaciones de dominación y poder.
Las remesas no solo implican un dinero que nos llega, si no que alguien la está enviando a nuestras manos, generalmente el marido o compañero de vida, el papá, esto implica que el hombre, desde la distancia puede estar controlando lo que pasa en la casa y ello nos lleva a un estado familiar muy especial…mujeres acompañadas que no tienen compañero nada mas que por teléfono y una vez al año cuando mucho. ¿Cuántos casos conocemos de mujeres que se encuentran en esa situación?
Los hombres, en la distancia, buscan otras compañeras de vida y tienen dos mujeres, una acá y otra allá; las mujeres salvadoreñas quedan doblegadas, dependientes de las remesas, tienen que cumplir los requisitos que los compañeros les ponen y si no lo hacen…son castigadas. Son castigadas por la sociedad en la que viven, porque son criticadas por sus actos y por el compañero de vida que espera cualquier ocasión para quitarse la carga del envío de la remesa.
En El Salvador, las uniones libres entre parejas se han dado desde el siglo XIX, con la migración rural-rural y rural-urbana para participar en la industria de café y el desarrollo de otros productos agrícolas para la exportación. La migración de varones contribuyó a la predominancia de uniones libres entre parejas, nacimientos fuera del matrimonio, hogares donde el poder y la capacidad de decisión recaen en las mujeres y a la participación de éstas en el mercado laboral. Estos patrones han continuado hasta la actualidad (Baker-Cristales, 2004:34). Hoy en día es tan elevado el porcentaje de emigración masculina que en algunos casos son mujeres, niños y trabajadores contratados quienes se encargan de cultivar las tierras, pero mucho de lo que siembran se queda sin cosechar por falta de trabajadores varones (Mahler, 2001:601). El 35,7% de los hogares salvadoreños están bajo la jefatura de una mujer (CEPAL, 2005).
La infidelidad doméstica es común durante las separaciones de parejas a causa de la migración, y la mayoría de mujeres salvadoreñas sospechan que sus esposos han tenido otros compromisos cuando estuvieron separados. Estas sospechas a veces se confirman cuando se reunifican con sus esposos y contraen una enfermedad sexual de él. Pero aunque la mujer salvadoreña sospecha de su pareja migrante, su propia fidelidad es vigilada cuidadosamente por la familia de su esposo. El hombre puede vengarse de cualquier infidelidad dejando de mandar remesas, pero las mujeres no tienen este mismo poder y tienen que conformarse o seguir a sus esposos, arriesgando sus vidas en el proceso.
En este contexto, hay poca oportunidad de transformar las relaciones de poder porque la mujer sigue dependiendo económicamente del varón. De otro lado, son pocos los trabajos remunerados disponibles para las mujeres, y cuando el esposo emigra, éstas quedan bajo el poder de los familiares del marido (Mahler, 2001:597).
Los hombres salvadoreños acostumbraban a manejar la economía familiar y dar una propina a sus esposas. Las mujeres que se quedan en El Salvador aumentan su control financiero, pero desde otra mirada, quizás lo que ha aumentado es el monto que la mujer recibe o la “propina” ya que la cantidad y frecuencia de envío de la remesa es fijado por su pareja. Mientras transcurre más tiempo sin la presencia de los hombres, es posible que las mujeres dejen de consultar a los esposos para tomar decisiones, pero las remesas se pueden utilizar para controlar el comportamiento de las esposas, porque estando bajo la vigilancia de la familia paterna, cualquier sospecha puede ser causa para que el hombre deje de enviar remesas (Mahler, 2001).
Cuando se van los hijos e hijas, el dinero que envían es tomado para vivir y, en general, los hombres dejan de hacer su trabajo en el campo y otras actividades artesanales, lo que afecta también de forma negativa en las mujeres que tienen que hacer frente al trabajo de la casa y a situaciones de violencia generada por el consumo de bebidas alcohólicas.
En los casos en que emigra el papá y la mamá, los hijos e hijas son cuidados por las abuelas u otras mujeres parientes, suelen quedar con la madre o suegra de la mujer, si aún viven y si no con una tía, hermana, o la hija mayor. La mujer asume entonces más responsabilidades ya que además de cuidar sus propios hijos se le suman los de familiares que les envían remesas. La mujer se convierte en administradora del ingreso familiar y negociadora de los montos de las remesas, la frecuencia de envíos, los conflictos y afectos en la familia. Además de asegurar la salud y bienestar de los niños encargados, las “madres substitutas” son responsables de mantener la unión y mitigar las ansiedades y cargos emocionales que llevan los niños que están separados de sus padres (Schmalzbauer, 2004).
En la mayoría de los casos, para ir a Estados Unidos, las familias tienen que pagar bastante dinero, este dinero puede ser recuperado con las remesas que envían, pero también se dan casos en los que estas remesas no llegan y la familia tiene que asumir los gastos realizados, lo cual influye de forma negativa en su economía.
El Salvador es uno de los países que más depende de las remesas. En 1980, el país recibió $59,6 millones en remesas, lo cual aumentó a $1.200 millones en 1997; algunas fuentes citan que la cifra llegó a $2 billones en 2002, lo cual es 33 veces más que la ayuda extranjera de los Estados Unidos a El Salvador, y 7 veces más que la inversión extranjera directa (Baker-Cristales, 2004:136).1
El gobierno salvadoreño ha respondido al ingreso de remesas con diferentes iniciativas diseñadas para asegurar el flujo de migrantes hacia fuera y los “migradólares” hacia adentro, así como para influir en la transferencia e inversión de las remesas (Baker-Cristales, 2004:51).
Pensar en las remesas como estrategia de desarrollo requiere que la migración sea continua. Lo que se observa es que con el tiempo las familias reciben remesas de menores cantidades y con menos frecuencia, porque las nuevas generaciones de familias migrantes tienden a invertir más en el nuevo país de residencia que en el país de origen (Mahler, 1995a;Baker-Cristales, 2004). ¿Las remesas recibidas han generado desarrollo? ¿Han mejorado la situación de la mujer?... ¿Hasta cuándo se puede sostener esta estrategia?