Usted se ciñe en mi frente en el camino empolvado, en el sudor de cada poro; doblada con sus brazos dentro la pileta de madera haciendo espuma con sus manos para limpiar nuestras camisas para darnos nuestras limpias ropas. usted la que ha palmeado cada masa con cuidado, al traerlo del molino, para hacer una tortilla en humeante espacio obscuro, mas de cerca en nuestra barreada, guardando una sonrisa. Usted la que encendió la primera candela al llegar la triste tarde al no llegar Miguel. Usted la que prendió aquel viejo leño, con la lumbre de un ocote, en la planicie de un ensueño plano. Es usted sencilla tarde, de aquella casa lejana en la cima de aquel volcán despoblado, la ultima en dormirse, la primera en ver salir el sol.
Usted la que llego a otros cerros, sin montar algún caballo. Usted la que pidió mucho respeto, al sonar estridente bala o golpe de culata. Usted, la primera en caminar en la fila, pidiendo ver el cuerpo de su hijo, al verlo en una imagen al final de una pagina de lo que fue la prensa de hoy, guardando una prenda negra sobre su canoso pelo. Usted madre de los que desaparecen sin dejar alguna huella. Usted la del poncho negro, la que hoy no llora mas.
Rostro con sus compañeros años, recordando cargar el cántaro lleno de agua sobre su cabeza, sonriéndole a su hijo. Quien habría de pensar, que aun yo la recuerdo al mostrarme el rojo barro.
Por que sus manos no fueron tersos pétalos de adorno al acariciar mi rostro, mas fueron suaves voces al tocar mis ojos para enseñarme su propio mundo. Al hablarme de su propio dios en su silencio aun guardado, mezclado en alguna pronta y gentil acción. A usted no la he de olvidar.
Usted la que me enseño que la patria no tiene cara, que las banderas no tienen simples canciones, solo falsas ilusiones, detrás de algún morral que no tiene algún presagio triste. Por que usted no tuvo pluma para escribir en algún papel, sobre los besos, y la tarde cuando no regresó Miguel.