viernes, 29 de diciembre de 2006
Imagen

Una abuela junto a su nieto,
observando los restos exhumados.


Foto: Jarvin Muñoz

Gloria Silvia Orellana
Redacción Diario Co Latino

La comunidad se arremolina en una inusual mañana fresca de diciembre, su cielo despejado permite una vista privilegiada, desde la Loma del Pájaro, que es resguardada por varios cerros. Es desde este jueves la última morada de 41, de las 500 víctimas de Masacre de La Quesera, en el cantón Los Linares, Usulután.
La imagen promisoria de una paloma de la paz, con alas extendidas al infinito y que da sombra a la cripta común, forma parte del rescate de la memoria colectiva e histórica de sus pobladores, quienes perdieron a sus familiares tras cruentos enfrentamientos del ejército nacional y la fuerzas insurgentes (FMLN) en la década de los años ochenta, y quienes solicitaron del gobierno de Elías Antonio Saca el reconocimiento de la masacre a la sociedad civil.
Salvador García Mestizo, de 61 años, con ojos enrojecidos y voz entrecortada narró como perdió a su esposa, Consuelo, de 34 años, y a sus 2 hijas, Reyna de 9 años, y Sonia de 12 años de edad, el 20 de octubre de 1981.
«A ella, (Consuelo) la amarraron a un árbol, para que viera como violaban a Sonia y cuando les gritó para defenderla, le dispararon en la boca. Las enterré 22 días, después de su asesinato», relató.
Acongojado, narró como sus vecinos y parientes, fueron sacados de sus casas para ser asesinados. En esos momentos el río Lempa se tiñó de sangre, muchos se fueron en la corriente y a otros, los animales se los comieron.
«Los soldados dejaban pedazos de papel diciendo que era una operación llamada Tierra Arrasada, dando a entender que todo lo que se movía era asesinado», explicó García.
Y agregó: «tengo un recuerdo muy duro en mi mente… cuando agarraban a los niños de 4 a 5 años, los hincaban dando la espalda a sus padres, luego, los rociaron con balas, frente a ellos, para quebrantar la voluntad de los adultos», describió.
Para don Salvador García es necesario que se reconozcan estos hechos, para honrar la memoria de los familiares, y para que no vuelvan a suceder.
«A los que vamos a enterrar no son ni la cuarta parte de todos los asesinados, sólo en 3 cantones le puedo decir que sumaron más de 3 mil personas… asesinadas, pero ya no puede existir un país así, que mata a sus propios, por no escuchar», reflexionó García.

Estoy viva por un milagro de Dios

A sus 48 años, Elsa del Carmen Escobar, recuerda como si fuera ayer, el «horror», del 21 de octubre de 1981, cuando asesinaron a su hermana menor y su madre.
«Eran las 5 de la mañana… tenía 18 años y 2 niños, recuerdo que el soldado insistía en que le dijera donde estaba el padre del niño, acusándome que eran de un guerrillero. Yo sólo agarraba a mis 2 niños y le pedía a la Virgen María que me ayudara, cuando sacaron a mi mamá y a mi hermana menor… las hicieron correr y cuando iban ya retiradas las mataron por la espalda», rememoró Escobar.

Elsa continúa, y expresó que un soldado le advirtió que se escondiera, porque la brigada que venía tras de ellos «esos si vienen matando a todos, es que ve, que te hacés».
«Yo corrí con mis 2 hijos y un hermano menor, que me seguía siempre, pero sentía que nos caían ya los balazos, pero, no fue así, llegué a una hamaca y me estuve meciéndome como ida… sentía que me moría y reaccioné, cuando vi a mis niños chiquitos rezando hincaditos en el suelo».
Por su parte, María Julia Hernández, de Tutela Legal del Arzobispado, afirmó que estos son los primeros pasos, para que se reconozca este hecho de lesa humanidad, y que luego interpondrán una querella en los juzgados del país.
«Queremos agotar los recursos judiciales en el país, de no obtener respuestas, nos vamos a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, para que se investigue este crimen», informó Hernández.

Mientras, el Obispo de Santiago de María, Rodrigo Orlando Cabrera, este acto tiene una vinculación más con el rescate de la memoria de la comunidad que un acto de revancha.
«Este acto es importantísimo, los jóvenes saben, por las historias que les han contado sus padres, de la violencia de esos días, pero queremos que este acto sea para honrar la memoria de las víctimas», indicó.
La entrega de las osamentas estuvieron a cargo de los juzgados de Paz de Jiquilisco y San Agustín, Usulután, tras una investigación y análisis genéticos, realizado por el equipo argentino de antropología forense.
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Publicado por Invitado
miércoles, 03 de enero de 2007 | 8:52
Mientras exista impunidad, no habra paz!. Hay que seguir luchando para que los culpables de tantas atrocidades sean enjuiciados y paguen por tanto dolor que han causado!