Que habría mas allá
de aquella vereda joven,
deseando descalzar los ojos
en aquel lago profundo que se esconde
detrás de las marchas suaves
y el vaivén de las palmeras
acompañando mi silencio.
Y al colocar los pasos en adornados valles
de notas expresadas en las flores
con sinfonía musical en sus colores
diversos en el tiempo
viviendo en la esmeralda tierra,
se sonríen contemplando
el adiós de un astro iluminado
al brillar en nuevo horizonte
dejando su rastro anaranjado,
cuando la luna diáfana en penumbra
con su lumbre acaricia otra estrella
al saber caer sobre el borde de una ola
que sonriendo brota lentamente
de los labios de la tierra;
pues adorna suave el soplo de oro
el devenir de esa alta inmensidad.
Y el nuevo paso suave se despierta
y soy silueta contra la marea
que me ha encendido el alma
por atrapar las perlas azules en un verso.
Y se desliza la fuerza leve en mente
sobre las arenas de la playa
descansando en una cumbre
en el manto verde de su flama
recostado en una duna que se va
al sentir ondulados vientos graves
que llegan a mis venas,
pues han llegado reclamando
desde una peña alta
o mas bien desde esa cima
al manto enardecido al escuchar
el tremolo infinito de las rosas tan nocturnas
que se encienden fugaces para danzar felices
acompañando al vals con sus fragancias
sobre la tela de la noche;
y alegre es la harmonía libre
cuando retozan brisa y manto
con piruetas dibujadas en segundo
en las sombras con arbustos y hojas
soñando besar lo alto con sus llamas.
Mas mis pasos son como soplo manso
que se ha llevado el mar
hacia otra melodía de milenarios bosques
con hojas que vuelan al cielo
para poder amar;
sostenidas de la mano de los alces
sobre el agujero blando de la noche
que se encuentra muy arriba tan brillante
y descansa suave cuando llora la montaña
al este de la aurora acaecida en esa alma
de aquel cielo tan colmado y apacible
en un dormido lago al interior de las estrellas,
y es allí que las rocas se despiertan
limpiando blando mustio
con un lucero rojo
en lagrimas de aquel gigante,
que se queda al resplandor con un regalo
pues cubre los bermejos ardorosos,
de su faldas nacáreas en frías nubes
que se quedan a los pies por extrañarla
al no poder dejarle mis perlas a su sepulcro.
Y el simple esclavo del camino
sobre el río del espacio contempla,
el vacío nido de un ámbar cristalino
por verlo renacer como respiro de aquel beso
que brota germinando el suelo con ojos rebosantes
en intensa oda que descansa en la brizna
con silbido frío de las rocas
en las cavidades celestes de la vida.
En ese fondo que se enciende
existen hermanos como lobos
y amigos silenciosos como alces,
cuando una nube se desprende desde abajo
como sombreada esperanza que destella
en las sonrisas de las aves,
al vestirse con el rebaño
de ovejas frías en el río.
Y con una dulce melodía
profunda de océanos del todo
sonriéndole a una cuna
por dejarla alegre con un abrazo que es amigo,
por amar así la vida
deja un canto en ese paso
que ha nacido en el sinsonte
para aprender muchas verdades
al Oeste de esta hora,
al verse sumergido en pupila dulce
de castaños bosques silenciosos
navegando en apacibles aguas
de una playa descubierta y sola,
limpia eternidad
cercana gruta densa de esta paz.