Domingo, 22 de abril de 2007
Para los ?vidos lectores de este blog, les traigo un escrito de Hes?odo con la introducci?n de Renaud. Un escrito sumamente estimulante e inspirador, que me pidieron trajera de forma completa. No dejar? mas comentarios, pues ya posee una introducci?n. Espero lo disfruten como yo, que no he dejado de asombrarme de este desde que lo re-encontr?. A esto le agregar? un glosario al final del escrito, las cuales fueron una contribuci?n de una amiga. Como nota Aparte, este escrito, no nada que ver con el grupo prometeo, aclaraci?n que preciso mencionar para evitar altercados futuros.

Abrazos.

Alfarero.




Prometeo / 1878

Olegario V. Andrade (1841-1882)

La leyenda de Prometeo

El asunto de esta fantas?a es universalmente conocido.
La f?bula griega, narrada por Hes?odo, ha sido el tema de numerosos poemas.
Esquilo recogi? este mito religioso de las sociedades primitivas, para personificar en ?l el sentimiento de la libertad, en pugna eterna con las preocupaciones.
La epopeya, el drama, hasta el romance vulgar, se han ejercitado en tan sublime asunto.
El autor de esta fantas?a no ha querido hacer un poema, porque habr?a sido empresa loca acometer una tarea en que gast? sus robustas fuerzas el genio cosmog?nico de Quinet.
No ha hecho m?s que un canto al esp?ritu humano, soberano del mundo, verdadero emancipador de las sociedades esclavas de tiran?as y supersticiones.
Si ha conseguido elevarse a la altura del asunto, lo dir? la cr?tica, en cuya imparcialidad descansa.
A pesar de ser tan conocida esta leyenda, conviene reproducirla, para los que la hayan olvidado.
He aqu? como la describe Renaud, ci??ndose a la narraci?n de Hes?odo en su Teogon?a:
"Antes hubo seres que intentaron el progreso del hombre por la fuerza del pensamiento; pero en vez de gloria, alcanzaron crueles castigos, en raz?n a que se supon?a que los dioses ve?an con envidia a aquellos inventores que usurpaban algo de su poder con sus creaciones independientes. Admiraban las proezas de la fuerza f?sica: tronchar ?rboles y hacer rodar pe?ascos; pero les infund?a miedo el ver encender lumbre, forjar el hierro, vestir, alimentar y sanar por medio de preparaciones misteriosas. Quiz? habr?an aceptado tales invenciones sin el temor del rayo, que parec?a siempre dispuesto a herir a los temerarios. Dec?anse en voz baja que Esculapio pereci? de un modo terrible, porque hab?a querido resucitar muertos con brebajes; y a veces, excitados por el terror, se hac?an verdugos para adelantarse a los dioses, mataban a Triptolemo que les ense?aba la agricultura. Prometeo fue el m?s famoso de aquellos genios ben?ficos. Pertenec?a a la gran raza de titanes que se rebel? contra los dioses, aunque m?s cuerdo que sus hermanos no tom? parte alguna en aquella lucha del orgullo, sin duda porque ve?a claro el desenlace de la guerra, por amenazadoras que fuesen las cohortes de los titanes. A mayor abundamiento, ?qu? le importaban aquellos furores de ambiciosos contra ambiciosos que combat?an entre s?, unos para conservar el trono celeste y otros para recobrarle? Su coraz?n no estaba all?, lejos de aquellos poderosos, de aquellos soberbios, dioses o titanes: miraba conmovido c?mo se agitaban las criaturas d?biles, t?midas, sin vestidos y sin utensilios, oprimidas a la vez por la tierra y por el cielo, donde nadie se cuidaba de acudir en su auxilio. Ni titanes ni dioses pensaban en los hombres; y cuando Zeus, rey del Olimpo, sali? vencedor, quiso destruir a los inocentes mortales con sus enemigos, a tal punto lleg? la embriaguez de su victoria. Prometeo los salv?, y no se content? con esto, sino que aspir? a sacarles de la condici?n de animales en que viv?an, para lo cual rob? el fuego del cielo y les ense?? a bosquejar las primeras artes con aquella especie de alma de la materia. Zeus se indign?, porque no quer?a la prosperidad del hombre, sino que, como amo celoso, deseaba esclavos incapacitados de elevarse. No se atrevi? o no pudo quitar a los mortales el fuego, de cuya conservaci?n cuidaban todos: pero castig? a Prometeo at?ndole con cadenas en un monte, no lejos del C?ucaso, entre Europa y Asia, para que el mundo entero viese el castigo, y dej?ndole a merced de un buitre que noche y d?a devoraba su h?gado, que renac?a eternamente.

Esquilo, el primero de los poetas griegos por su alma y su br?o, genio hostil a las tiran?as, porque antepon?a a todo la justicia y la dignidad, compuso tres dramas con esta leyenda: Prometeo llev?ndose el fuego , Prometo encadenado , Prometeo libre , de cuyos dramas s?lo queda el segundo, Prometeo encadenado , sin que la obra mutilada as? por los siglos, haya bajado de la altura en que las inspiraciones, dejando ya de pertenecer a un forma de arte, a una patria, a una fibra especial del coraz?n, se confunden con el alma universal del g?nero humano.

Prometeo es todo hero?smo, seg?n le pinta el poeta que le encontr? en los mitos religiosos. Practicaba el bien por simpat?a, y aun siendo v?ctima de su obra, no la deploraba, porque su conciencia le sosten?a en el suplicio. Con el justo orgullo de su dolor exclamaba hablando de su verdugo: "Yo tuve l?stima de los mortales y ?l no me ha juzgado digno de compasi?n."

Con efecto, el rey de los dioses no perdona a aquel emancipador de la civilizaci?n humana; pero se ve aislado en su omnipotencia, nadie simpatiza con ?l, en tanto que todos ensalzan a Prometeo. Al principio las Oce?nidas, ninfas del mar, olas con formas de doncellas, vienen a consolar al paciente con sus cantos. Tendido en su pe?asco no puede ver a las compasivas visitantes; pero oye el ruido de su llegada 'como el de pajarillos cuyas alas hacen vibrar el aire suavemente'.

En vano, sin embargo, quieren clamar el dolor de Prometeo, a quien s?lo una idea sostiene en su tormento, y es que un d?a su enemigo triunfante ser? destronado. El rey de los dioses penetra la idea de su v?ctima, y, atemorizado, le env?a con el mensajero de los dioses la orden de que se explique y descubra el provenir. Prometeo no desmaya con la esperanza de verse libre. 'Jam?s, amedrentado por el fallo de J?piter, ser? yo pobre de esp?ritu como una mujer; jam?s, como una mujer, levantar? mis brazos suplicantes hacia a aquel a quien aborrezco con todo mi odio, para pedirle que rompa mis cadenas: lejos de m? tan cobarde pensamiento.' El dios impotente no tiene otra cosa que hacer sino vengarse con alg?n nuevo suplicio mientras reina a?n, y con efecto, emplea las amenazas para quitar a Prometeo hasta los seres compasivos que le consuelan. El coro, m?s digno que el dios, responde a su mensajero: 'Dime otras palabras, dame otros consejos y te podr? escuchar. Lo que me dices me oprime el coraz?n. ?C?mo puedes ordenarme semejante villan?a? Los males que sufra Prometeo, quiero sufrirlos yo. He vivido en el odio a los traidores; la enfermedad m?s repugnante es la traici?n.' Estalla el trueno, mugen los vientos, se levanta el mar; y prometeo contin?a invencible llamando con sus injustos tormentos al Eter que ba?a los mundos refugi?ndose contra el dios de un d?a en la naturaleza eterna."

Tal es la leyenda que ha servido de tema a ese canto, escrito para no ser publicado, y publicado a instancia de amigos que tienen derecho a exigir del autor sacrificios de mayor magnitud.

Prometeo

I

Sobre negros corceles de granito
a cuyo paso ensordeci? la tierra,
hollando montes, revolviendo mares,
al viento el rojo pabell?n de guerra
te?ido con la luz de cien volcanes,
fueron en horas de soberbia loca,
a escalar el Olimpo los Titanes.

Ya tocaban la cumbre inaccesible
dispersando nublados y aquilones
ya heridos de pavor los astros mismos
en confusi?n horrible,
como yertas pavesas descend?an
de abismos en abismos;
y el tiempo que dorm?a
en los senos del b?ratro profundo,
se despert? creyendo que llegaba
la hora final del mundo!

El Cielo estaba mudo;
y la turba fren?tica avanzaba
con ronca vocer?a,
como avanza rugiendo la marea
en la playa sombr?a,
cuando Jove asom?: vibr? en su mano
el rayo de las c?leras sangrientas,
rugi? en su voz el trueno del estrago
y encaden? a su carro las tormentas!

Temblaron los jinetes
en los negros corceles de granito;
redoblaron su sa?a
arrojando a los p?rticos del cielo
con insultante grito
pedazos de monta?a,
y volcaron los mares
para apagar en la soberbia cumbre
los rojos luminares.

Pero Jove, iracundo,
blandi? sobre sus frentes altaneras
el hacha del rel?mpago que hiere
como a una vieja selva las esferas:
a su golpe profundo,
vacilaron monta?as y titanes;
y baj? el torbellino,
heraldo de su gloria,
con la negra cimera de huracanes,
a anunciar a los mundos la victoria!

Rod? la turba imp?a
su espantoso v?rtigo a la tierra;
no volver? a flamear en las alturas
su pabell?n de guerra
te?ido con la luz de cien volcanes.
Cayeron los titanes
del abismo en las l?bregas entra?as;
y Jove, vengativo,
?convirti? los corceles de granito
en salvajes e inm?viles monta?as!

II

El C?ucaso, caballo de batalla
de alg?n tit?n ca?do
al golpe del rel?mpago sangriento,
se destaca sombr?o
con el cuello estirado, cual si fuera
a beber en el cauce turbulento
del pi?lago brav?o.

Sobre la negra espalda,
y entre el espeso matorral de rocas,
que fueron la melena sudorienta
donde cuelgan las nubes vagabundas
sus desgarradas tocas
y en la noche desciende
a dormir fatigada la tormenta.

Tendido est? el gigante,
que amarraron los cicl?peos soberbios
tras larga lucha fiera
con templadas cadenas de diamante:
aun su pecho jadea
como cr?ter hirviente;
y cada vez que se retuerce inquieto,
el sol vela su frente,
y la vieja monta?a bambolea.

Hogueras son sus ojos,
rojas hogueras que atiz? el encono,
antorchas funerarias de la noche
de su eterno abandono.
Y no es un grito humano
lo que exhala su pecho
-que no tiene el dolor tan rudas notas-,
es el estruendo del volc?n que estalla,
el grito del torrente en la espesura,
choque de aceros y corazas rotas
en el fragor de la feroz batalla!

S?lo el Ponto responde a los rugidos
que lanza en su desvelo,
y llama en su socorro con voz l?gubre
a las inquietas ondas del Egeo.
Es que tambi?n ?l lucha;
lucha con lo imposible y siempre espera.
Salvaje enamorado
quiere arrastrar consigo a la ribera,
y la ribera sorda
escapa de sus brazos,
dej?ndole en la lucha misteriosa
de su veste de juncos los pedazos!

En vano el Ponto grita
y se endereza embravecido y fiero.
?El es tambi?n gigante encadenado!
?Es tambi?n prisionero!
No romper? la valla que lo cerca,
ni extender? su turbulento imperio.
Basta una faja de menuda arena
para atarlo en perpetuo cautiverio.

?El tit?n no se abate!
?Es que el dolor enerva a los pigmeos
y a los grandes infunde nuevos br?os!
Cada d?a es m?s b?rbaro el combate
y m?s ruda su sa?a;
si afloja un eslab?n de su cadena,
su martillo invisible lo remacha
sobre el yunque infernal de la monta?a.

Convidados hambrientos
al salvaje fest?n de su martirio,
vienen los cuervos en revuelta nube;
verdugos turbulentos,
que J?piter env?a enfurecido
a desgarrar la entra?a palpitante
de su rival temido.

Suelta el tit?n los brazos
en actitud cobarde y dolorida
al sentir su fren?tica algazara;
parece que cayera anonadado
bajo el horrible peso de la vida!
?Qu? maza lo ha postrado?
?Qu? golpe lo ha vencido en la batalla?
?Es que despu?s del rayo de los dioses
viene a escupirle el rostro la canalla!

As? en la larga noche de la historia
bajan a escarnecer el pensamiento,
a apagar las centellas de su gloria
con asqueroso aliento,
odios, supersticiones, fanatismos;
y con ira villana,
el buitre del error clava sus garras
en la conciencia humana!

"?Oh Dios caduco! grita
el tit?n impotente:
Como esta negra carne que renace
bajo el pico voraz del cuervo inmundo,
renacer? fulgente
para alumbrar y fecundar el mundo
la chispa redentora
que arrebat? a tu cielo despiadado,
germen de eterna aurora
del caos en las entra?as arraigado!

"Desata, Dios caduco,
la turba labradora de tus vientos;
sacude los andrajos de tus nubes,
y acuda a tus acentos
la noche con sus sombras,
con monta?as de espuma el Oc?ano,
?no apagar?n la luz inextinguible
del pensamiento humano!

"?Qu? importa mi martirio,
mi martirio de siglos, si aun atado,
J?piter inmortal, yo te provoco,
J?piter inmortal, yo te maldigo?
?Si el viejo Prometeo, el tit?n loco,
el m?rtir de tu encono
siente tronar la r?faga tremenda
que va a tumbar tu trono?

"Tres siglos no he dormido
tres siglos de tormentos.
No hay astro que no se haya estremecido
al sentir mis lamentos,
ni nube que al pasar no haya vertido
en la copa de aromas del ambiente,
una gota de llanto
para mojar mi frente.

"A veces he llorado,
y el raudal de mis l?grimas heladas
corri? por la ladera
con ruido de cascadas.
El Araxa sombr?o,
drag?n de negras fauces,
que se calienta al sol en la pradera,
es hijo de mis l?grimas. Por eso
lanza gritos tan hondos,
y atrae cuanto se acerca a su ribera.

"De vez en cuando, siento
sollozos de mujer a la distancia:
es Hesione, la m?rtir, que se queja
en el fondo del valle abandonada.
Las ?guilas del C?ucaso que pasan
y la nube bermeja,
que recibi? en la faz ruborizada
el ?sculo del sol en el ocaso,
le cuentan mi martirio
y me traen el mensaje de su pena,
el mensaje tiern?simo que escucho,
sacudiendo mi b?rbara cadena!

"?Qu? me importan tus tormentos,
tus tormentos de siglos, Dios airado?
?Si en la lengua sonora de los vientos
me transmite los himnos de su alma,
como al trav?s del m?dano abrasado
va el polen de la palma?
?Si en el tr?mulo seno,
como el rayo en los negros nubarrones,
lleva ella palpitando
el feto colosal de las naciones?

"?Desata tus borrascas!
Lanza a los aires tu brid?n de llama,
caduco soberano,
y despliega en los cielos tenebrosos
tu sangriento oriflama!
Ser? tu empe?o vano;
soplo est?ril tu aliento.
Yo he engendrado el tit?n que ha de tumbarte
de tu trono de nubes:
"?el tit?n inmortal del pensamiento!"

"Ayer la tierra muda
flotaba en los abismos de la nada,
como una urna vac?a
al soplo del azar abandonada,
y en sus hondas y fr?as cavidades
s?lo el eco se o?a
del mon?logo eterno de las sombras,
y el rumor de las roncas tempestades.

"Hoy la tierra est? viva: alguien habita
el fondo de los mares;
germen de vida y juventud palpita
en sus bosques de acidias y corales.
No es el viento el que gime en la mara?a
de las selvas sonoras;
ruido de alas abajo, y en el cielo
parece que revientan
semilleros de auroras!

"J?piter: aturdido con tu gloria,
embriagado de orgullo,
no sientes en los senos del abismo
lo que siente arrobado Prometeo!
Algo, como un arrullo
en el nido de nieblas del vac?o,
del misterioso enjambre el aleteo,
cual si bandas de estrellas ensayasen
su plumaje de luz, para lanzarse
a lucir en los campos del espacio
su espl?ndido atav?o!

"Aquella sombra muda,
aquel eterno esclavo, peregrino,
que lanzaste sin rumbo
en las negras jornadas del destino,
ya no va caviloso,
temblando del rumor de su pisada,
lleva la frente erguida
de misteriosa aureola circundada!

"Hay luz y voz en ella:
es flor reci?n abierta,
cuya blanca y espl?ndida corola
tiene el perfume agreste de las cumbres
el latir convulsivo de la ola;
en breve de su seno
volar?n las ideas
-mariposas de luz del pensamiento,
y asombrar?n al mundo con sus alas,
m?s sonoras que el viento!

"Ellas me vengar?n, Jove caduco:
ser?n mis herederas.
Yo arroj? en el cerebro de los hombres
semillas de volc?n, germen de hogueras.
Desata el hurac?n de tus furores,
redobla mi tormento;
que ya viene el tit?n que ha de vengarme:
"el tit?n inmortal del pensamiento!"

Dijo y call?: no ya desesperado,
torva la faz, revuelta la pupila,
sino grave, sereno, resignado,
como quien sin vencer, sabe que es suya
la victoria final y no vacila.
Algo, como el fulgor de una sonrisa,
ilumin? su frente,
d?bil chispa encendida
en helados montones de ceniza!

III

No volvi? a retumbar en la monta?a
el grito del tit?n retando al cielo;
ni temblaron las nubes, ni los astros
detuvieron su vuelo
para mirar la b?rbara batalla;
ni el negro Ponto amotin? sus ondas
crispado y convulsivo,
para arrancar de su prisi?n eterna
al gigante cautivo.

Rein? la soledad en la alta cumbre,
que habit? el hurac?n encadenado,
y descendi? el Araxa gemebundo
con torpe pesadumbre,
a arrastrarse callado en la llanura,
como del alma en el profundo cauce
desatan en silencio los recuerdos
sus ondas de amargura.

?Siempre el gigante en vela!
El cielo era la p?gina sombr?a
en que al d?bil fulgor de las estrellas
las misteriosas s?labas le?a
de su destino fiero;
y el errante cometa,
que en la lejana cumbre aparec?a,
su torvo y taciturno mensajero.

De vez en cuando o?a
como ruido lev?simo de espumas
en las inquietas algas detenidas;
como el roce ligero
de fant?sticas plumas
que tocaban su sien calenturienta,
murmullo blando de hojas,
de un ?rbol invisible desprendidas
despu?s de la tormenta.

No eran rayos de luna,
ni jirones de niebla desgarrados
por el aire liviano:
era el coro armonioso
de las gentiles hijas del Oc?ano,
que a la luz del crep?sculo sal?an
de sus grutas azules,
y en torno del tit?n encadenado
los h?medos cabellos sacud?an.

"No duermas, Prometeo",
al pasar a su o?do murmuraban,
desatando en su alma
las ansias infinitas del deseo.
"?No duermas! que el Olimpo se estremece
con inquietud extra?a,
y truenan los abismos,
como truena el volc?n en la monta?a!"

Prometeo velaba,
fijo el ojo en las l?bregas esferas
que como enormes olas palpitaban,
y atento al ruido sordo
que las brisas del valle le tra?an,
el ruido de las razas que hormigueaban
del C?ucaso en las negras madrigueras.

IV

Una tarde... ya el sol desfallec?a,
como herido impotente,
en los brazos oscuros
del enorme fantasma de Occidente,
cuando sinti? temblar la dura roca
en que apoy? tres siglos la cabeza,
y oy? en los aires algo,
como un tropel de fieras
retozando del bosque en la maleza.

Inquieto y tembloroso,
interrog? a las nubes que rodaban
por el espacio mudo,
como gigantes t?mpanos de nieve
que desprende impaciente
el hurac?n sa?udo.
Las nubes le dijeron
que el Olimpo cruj?a,
y que los viejos Dioses expiraban
en horrenda agon?a.

Y la voz quejumbrosa
de las gentiles hijas del Oc?ano,
que en su pecho vert?a
las infinitas ansias del deseo,
volvi? a sonar dulc?sima en su o?do
para decirle en melodioso idioma:

"?Despierta, Prometeo,
que en las lejanas cumbres
un nuevo sol asoma!"

Volvi? el Tit?n a sacudir airado
sus duros eslabones,
que al esfuerzo supremo rechinaron;
y las rocas cayeron
como viejos torreones
por el rayo de J?piter heridos,
y los cuervos hambrientos se alejaron
con l?gubres graznidos.

V

?Ya el gigante est? en pie! ya la monta?a,
ara de su martirio,
que empap? con la sangre de su entra?a
y aturdi? en la embriaguez de su delirio;
la monta?a, testigo dolorido
de su tremenda historia,
es su negro caballo de pelea:
?el pedestal soberbio de su gloria!

?Qu? ve en la inmensidad desconocida
que su impaciencia calma,
y otra vez avasalla
con cadenas de asombros a su alma?
Ve alzarse en el conf?n del horizonte,
del espacio en los ?mbitos profundos
sobre la excelsa c?spide de un monte
que se estremece inquieta,
y en medio del espanto de los mundos,
de una cruz la fant?stica silueta!

"?Al fin puedo morir! grita el gigante
con sublime adem?n y voz de trueno.
Aquella es la bandera de combate,
que en el aire sereno,
o al soplo de pujantes tempestades
va a desplegar el pensamiento humano
te?ida con al sangre de otro m?rtir,
-Prometeo, cristiano-,
para expulsar del orgulloso Olimpo
las caducas deidades!

"Es un nuevo planeta, que aparece
tras los montes salvajes de Judea,
para alumbrar un ancho derrotero
a la conciencia humana.
El germen fulgurante de la idea,
que arrebat? al Olimpo despiadado:
la encarnaci?n gigante de mi raza,
"?la raza prometeana!"

"?Al fin puedo morir! Hijo de Urano,
llevo sangre de dioses en las venas,
sangre que al fin se hiela!
Aquel que me sucede, hijo del hombre,
lleva el fuego sagrado
que eternamente riela,
ya lo azoten los siglos con sus alas
o el viento furibundo,
el fuego del esp?ritu, heredero
del imperio del mundo."

Dijo, y cay? como la vieja encina
que troncha el le?ador con golpe rudo.
La monta?a tembl?; y el negro Ponto
se enderez?, sa?udo,
para asistir a su hora postrimera,
y las gentiles hijas del Oc?ano
bajaron presurosas
y en torno a su cad?ver encendieron
de perfumadas le?as una hoguera!

VI

?Qu? es aquello que cruza
con planta soberana,
sembrando mundo y encendiendo estrellas
por la extensi?n callada?
Si se posa en la cumbre,
la cumbre se despierta sonrosada,
como el ?sculo tibio de la aurora
despierta enrojecida la ma?ana;

si baja a la pradera,
dormida en brazos de la niebla fr?a,
la pradera galana
con su velo de novia se atav?a,
y al rumor misterioso de su huella
se ci?e el viejo bosque
su corona bella;

si el mar desciende -que la espalda encorva
como esclavo sumiso
para besar su turbulenta planta-,
el mar abre su seno
y el m?s sublime de sus himnos canta:
el himno con que arrulla
el sue?o de los negros promontorios,
centinelas inm?viles del mundo,
y le ense?a, latiendo en sus entra?as,
de las faunas y floras venideras,
el l?gamo fecundo.

Las tenebrosas puertas del pasado
rechinan a su empuje omnipotente,
y se alzan en tropel a su presencia,
desde el fondo del caos petrificado,
las formas y las razas extinguidas
en cuya adusta frente,
el ojo de la ciencia deletrea
el verdadero G?nesis del mundo,
que la leyenda b?blica falsea!

Todo a su paso vive, alienta, brota:
el mar, el monte, la desierta esfera;
y a su soplo creador todo se expande,
palpita y reverbera.
Levanta el polo mudo,
como un arco triunfal para que pase,
sus monta?as de hielo,
y enciende presuroso
sus gigantescas l?mparas el Ande
para alumbrarle el tr?nsito del cielo!

El es soberano, el heredero
del cetro de la tierra,
por su inmenso poder transfigurada!
No hay pi?lago ni abismo
que no rasque su seno a su mirada.
El guerrero inmortal que en cruda guerra
destron? el paganismo
y rompi? las cadenas que arrastraba
la pobre humanidad esclavizada.

Es la chispa divina
encendida en las b?vedas oscuras
de la conciencia humana,
que todo lo ilumina;
el signo de una raza de titanes
destinada a la lucha y al martirio:
"?la raza prometeana!"

En la cruz, en la hoguera,
en el ?rido islote, en el desierto,
en el claustro sombr?o, dondequiera
vierte su sangre a amares
que los helados p?ramos caldea,
su sangre, que los cauces seculares
de la historia, desata
las corrientes eternas de la idea!

Hermanos son en el dolor, y hermanos
en la fe y en la gloria
cuantos despejan la futura ruta
con la luz inmortal del pensamiento.
Ya mueran en el G?lgota, ya apuren
de S?crates severo
la rebosante copa de cicuta,
ya nuevo Prometeo,
al torvo fanatismo desaf?e
sobre Roma, monta?a de la historia,
el viejo Galileo!

VII

?Arriba, pensadores! que en la lucha
se templa y fortalece
vuestra raza inmortal, nunca domada,
que lleva por celeste distintivo
la chispa de la audacia en la mirada
y anhelos infinitos en el alma;
en cuya frente altiva
se confunden y enlazan
el laurel rumoroso de la gloria
y del dolor la mustia siempreviva!

?Arriba, pensadores!
?Que el esp?ritu humano sale ileso
del cadalso y la hoguera!
Vuestro heraldo triunfal es el progreso
y la verdad la suspirada meta
de vuestro af?n gigante.

?Arriba! que ya asoma el claro d?a
en que el error y el fanatismo expiren
con doliente y confuso clamoreo!
Ave de esa alborada es el poeta,
hermano de las ?guilas del C?ucaso,
que secaron piadosas con sus alas
la ensangrentada faz de Prometeo!






                Glosario


Aquilones = vientos del norte

Pavesas = cenizas (polvo)

B?ratro = infierno (lugar donde est?n los muertos)

Cimera = un adorno sobre la cima del yelmo

Cicl?peos = gigantes de piedra

Encono = rencor arraigado

Ponto = masa de agua salada (mar)

Veste = vestido

Algazara = ruido de muchas voces. vocer?o de moros al sorprender o acometer al enemigo.

Ősculo = beso de respeto y afecto.

M?dano = explanada de arena propia para combatir

Oriflama = estandarte o bandera que se despliega al viento

Torva = mirada fiera, espantosa, airada y terrible a la vista

Encina = ?rbol que da bellotas (oak, I guess...)

Cetro = vara de oro u otro material precioso labrada con primor para reyes o emperadores s?mbolo de dignidad

Islote = pe?azco muy grande rodeado de mar

Cicuta = planta de zumo venenoso

Cadalso = tablado que se levanta para ejecuci?n de la pena de muerte o tablado que se levanta en cualquier sitio para acto solemne.
Publicado por Alfarero. @ 4:20  | Literarte
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