Martes, 31 de julio de 2007
Imagen


La masacre de estudiantes universitarios: un testimonio


D?as antes del 30 de julio de 1975, el Gobierno y especialmente el Ministerio de Defensa hab?an estado advirtiendo por la prensa radial, escrita y televisada del pa?s, que la anunciada marcha de estudiantes universitarios programada para ?se d?a no deber?a realizarse y que "actuar?an con todo el peso de la ley en contra de toda alteraci?n del orden p?blico". Esto se dec?a siempre que se anunciaba una represi?n usualmente sangrienta?pero el 30 de julio esas palabras sonaban especialmente fat?dicas, probablemente porque era evidente el grado de confrontaci?n masiva que se avecinaba.

Un helic?ptero militar sobrevolaba el campus de la UES. Abajo, los preparativos para la marcha eran febriles. Entrando la tarde se inici? la convocatoria por medio de los parlantes instalados en las azoteas de algunos de los principales edificios del campus, por los meg?fonos que portaban los encargados de la agitaci?n e invitaciones a gritos a formar las filas de la marcha. Mantas y pancartas aparecieron. Dos filas de uno en fondo bordeando las aceras y en el centro de la calle decenas de mantas y pancartas colgadas de centenares de manos, denunciando los atropellos y represiones de la dictadura militar. Distribuci?n de volantes, como quien suelta millares de palomas mensajeras de un solo golpe. Gradualmente, muchos estudiantes con un nudo en la garganta, un vac?o en el est?mago y un rostro de piedra que reflejaba indignaci?n se fueron incorporando a la marcha. A los ojos de los tripulantes del helic?ptero debimos parecernos a una concentraci?n de las hormigas llamadas "marabuntas", solamente que en la selva salvadore?a, plagada de gorilas. Se notaba que la gran mayor?a de la gente que participaba "sacaba fuerzas de flaqueza", ?ramos civiles contra militares y los militares ya hab?an anunciado que usar?an su armamento para impedir la marcha estudiantil. No se les pagaba por participar a los manifestantes, el pago podr?a ser la muerte, una apaleada, la comidilla intensa que invade ojos, o?dos, nariz y garganta al aspirar el gas lacrim?geno o por lo menos la angustia eterna de quedar fichado por alg?n "oreja" o sopl?n infiltrado que remitir?a la informaci?n a los fat?dicos "escuadrones de la muerte".

La pureza juvenil ten?a uno de sus mejores momentos de expresi?n como fuerza f?sica, succionando fuerzas de los m?s puros y nobles sentimientos de justicia de la masa universitaria que se manifestaba en contra del gobierno. Creo que todos sent?amos que nos integr?bamos a una marcha de protesta, con la muerte caminando y gritando a nuestro lado. Nadie esperaba premios ni estatuas por ello; el mejor premio era la confianza en que cada familia y amigos comprender?an los justos motivos del sufrimiento que ocasionar?a la p?rdida de un ser estimado y amado. En ese momento toda la educaci?n familiar y moral de cada manifestante se materializaba: cada manifestante sent?a que paso en la marcha era una reafirmaci?n de altos valores de respeto al trabajo, honestidad y justicia y la entereza moral para defenderlos y difundirlos. Seguramente estos fueron los ?ltimos pensamientos que tuvieron los compa?eros y compa?eras que dolorosamente murieron o "desaparecieron" durante la represi?n que conllev? la marcha. Ahora comprendemos como es que se muere sin morir, pues las fecundas vidas que fueron segadas el 30 de julio de 1975 verdaderamente se reencarnaron en la vida la Universidad de El Salvador y en el proceso democr?tico del pa?s.

A los gritos colectivos de "?nete" muchos estudiantes, profesores y gente que observaba la marcha se fueron incorporando. Al pasar por el edificio de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales, vi a un conocido pol?tico de izquierda ahora en la palestra nacional, solamente observ?ndonos. No s? si ?l se incorpor? despu?s, pero en ?se momento sent? una consecuente superioridad y la actitud de observador de ?l me di? m?s fuerzas para seguir en la marcha.

La tensa algarab?a de la marcha, gritando consignas y canciones de cr?tica al Gobierno, hac?a menos pesado el atardecer. Se nos parec?a a un festejo por la consecuencia con que la Universidad de El Salvador, ha defendido, defiende y defender? la justicia y la democracia. La tensi?n aumentaba en la misma proporci?n en que nos alej?bamos de la ciudad universitaria, nuestro refugio moral, intelectual y material. La secci?n de la marcha en que yo iba, ya hab?a recorrido un considerable trecho desde el campus de la Universidad, saliendo por la "entrada de Derecho" y bordeando la Escuela Espa?a, y luego doblando sobre la 25 Avenida Norte, hasta cerca de la Fuente Luminosa.

El r?o humano, comenz? a estancarse. Corrientes de personas integradas a la marcha, empezaron a seguir la direcci?n opuesta, un signo inequ?voco del peligro de la represi?n militar en los tramos siguientes de la ruta. Muchos decidimos continuar el rumbo de la marcha. Probablemente sent?amos que una coraza de nuestra resuelta lucha por la dignidad, nos proteg?a de las fricciones entre personas que se quedaban observando y otras que iniciaban un pausado o presuroso retiro. Nos fuimos acercando hasta llegar a la altura de la entrada del Externado de San Jos?, el distinguido colegio de Jesuitas en donde recibi? educaci?n por un tiempo, el poeta nacional Roque Dalton.

Yo pude divisar, desde ah?, un manto verde de uniformes militares, tendido una media cuadra enfrente del Hospital Rosales. No distingu? a esa distancia si eran soldados o Guardias Nacionales. El temor civil era especialmente punzante cuando se trataba de Guardias Nacionales. La Guardia Nacional era un cuerpo selecto de represi?n fogueado en el "mantenimiento del orden en el campo", adquiri? un gran desarrollo despu?s de la represi?n de 1932. Autoritarios y arbitrarios...la gente dec?a con humor negro que los guardias nacionales mataban primero y despu?s preguntaban, expertos en golpes y tiros, iniciaban capturas hasta por malas miradas y dudaban de todo ciudadano; a falta de "esposas" ataban los dedos pulgares de los campesinos y civiles detenidos con "cordeles" o pitas hasta que los dedos se pusieran morados. La Guardia Nacional era m?s temida que el mismo Ej?rcito, pues estaban f?sicamente y moralmente preparados y seleccionados para reprimir de la manera m?s cruel e insensible. Este cuerpo de represi?n desapareci? con los Acuerdos de Paz firmados en 1992.

Al observar el tap?n verde bloqueando la ruta anunciada de la marcha estudiantil la masa manifestante fren?. En la punta la marcha comenz? a convertirse en un gran racimo de gente, que se desgajaba poco a poco y buscaba otras salidas. Y un grupo desvi? la ruta, en el llamado "paso a dos niveles" enfrente del edificio del Instituto Salvadore?o del Seguro Social, ISSS. Pero fue ineludible el choque pues los militares tambi?n bloquearon la ruta alternativa que sigui? la marcha.

"Manteng?monos unidos" gritaba un profesor universitario en la bifurcaci?n del paso a dos niveles, agitando las manos para animar a los indecisos a unirse con el grupo que iba a la cabeza de la marcha y que se encontraba aislado enfrente de los soldados. "No dejemos solos a los compa?eros que van adelante", "no dejemos que nos separen", agregaba el profesor. Me pareci? consecuente el llamado de mantenernos unidos y no dejar que aislaran a la cabeza de la marcha y me desprend? con un grupo, corriendo por la bifurcaci?n del paso a dos niveles y gritando a todo pulm?n junto a mis compa?eros y compa?eras, "U?U?U?U?", hasta acercarnos al grupo que encabezaba la movilizaci?n.

Nos hab?an cercado. Los soldados hab?an cerrado la calle, sin ceder, por donde deber?a continuar alternativamente la movilizaci?n y los soldados que estaban enfrente del Hospital Rosales se dirigieron hacia el inicio de la bifurcaci?n del paso a dos niveles. El profesor y yo nos cont?bamos entre los manifestantes que quedamos enfrente de los soldados, atrapados. Los rostros de piedra de los soldados eran expresi?n de su disciplina militar, de la humillante dureza con que toda dictadura militar educa en el "arte" de la represi?n. En los soldados se reflejaba una determinaci?n brutal para repelernos a toda costa. No sab?amos en qu? momento usar?an sus fusiles...conforme grit?bamos la tensi?n entre ellos y nosotros aumentaba. Aquellos segundos y minutos nos parecen suspendidos en el tiempo.

Estallaron disparos y un coctel molotov. Y se arm? la de Troya. Los fusiles en manos de los soldados, que ya ten?an un ?ngulo de menos de 45 grados dirigidos contra nosotros, empezaron con disparos al aire, pero a cada impacto, los soldados bajaban m?s el punto de mira de los fusiles, hasta apuntar y disparar directamente en contra de los manifestantes. "Nos est?n disparando" le coment? a mi amigo profesor. "No se preocupe que son balas de salva", me respondi?. "No son de salva" le refut?. Me pareci? que el sonido de las balas de plomo, era diferente...m?s s?lido y "seco".

Enmedio de un intenso traqueteo y humaz?n, se divisiban como sombras del futuro estudiantes que corr?an y ca?an. El tiroteo se iniciaba a unos tres metros, enfrente de nosotros, dimos la vuelta y yo sal? corriendo en sentido contrario a donde proven?an los disparos. "No corra que es peor", me dijo el profesor. Como impactado por un rayo clav? mis plantas en el pavimento y pensando en lo peor, una r?faga por la espalda, me sent? muy sereno, una amalgama de tranquilo y temerario, como ya lo he experimentado en otros momentos cruciales, tensos y decisivos de la vida. Parcimoniosamente vir? mi cabeza hacia la izquierda. Parapetado en un poste de la esquina, divis? a un soldado que me apuntaba con su fusil?a punto de dispararme, creo. Por un instante no escuche la "tronaz?n" ni olfate? la humaz?n. Solo ten?a o?dos y nariz para el silencio y el olor a muerte. A pesar de la distancia y el caos, pausadamente le busqu? la mirada del soldado, con una mirada seria, de reclamo, mir? a la distancia sus ojos y su rostro. Nos separaban unos siete u ocho metros. Me le qued? viendo fijamente. No recuerdo que la mirada m?a, estuviera inspirada en el temor, sino en la seguridad personal, exigi?ndole simplemente que no me matara, con mi rostro adusto. Hay una especie de seguridad personal que se fundamenta en valores de justicia social y que le imprimen a las personas una serenidad, energ?a, seguridad y hasta cortes?a y "don de mando", en los momentos cruciales. El rostro del soldado, de tez blanca (por lo que se me antoj? que era oriundo de Chalatenango, departamento bello y heroico, con una poblaci?n que acusa el predominio espa?ol en el mestizaje) de golpe se puso rojo, como un f?sforo y de golpe, tambi?n se encendi? de p?lidez, se puso blanco como un papel. Cuando lo vi p?lido, me sent? confortado, imagin? que hab?a calado por un momento infinito en su conciencia y que comprend?a que lo que hac?a no era justo, que no deb?a matarme. Me parec?a una consecuencia l?gica de la superioridad con que se siente una persona encarnando los valores de justicia. Y gradualmente, como un ser de metal, robotizado, pero sinti?ndome con el alma de un ser humano supremo, un gran se?or, reprimido pero con mucha dignidad, volte? mi cabeza y empec? a caminar pausadamente, a la par del profesor. Record? las aflicciones de mi infancia cuando sent?a "dormida" la cadera de la pierna derecha como presagio a las inyecciones prescritas en el tratamiento m?dico. Solo que esta vez esperaba ser cosido a balazos por la espalda.

Parece que a todos nos ocurre que no recordamos con tanto detalle actividades que ha desarrollado por d?as y por meses, como guardamos en la memoria detalles de los momentos decisivos de la vida. La pausada atravesada de una calle, el 30 de julio de 1975, la recuerdo con m?s detalle, por ejemplo, que un par de tensas caminatas que hice en el Volc?n de San Salvador. En esa pausada caminata, que debe haber durado unos dos o tres minutos, recuerdo haber visto a quien posteriormente ser?a la Comandante Nidia D?az, como protegi?ndose de gases lacrim?genos, cerca de una pared. Y a otro compa?ero, que se me acerc?, con un rostro, mezcla de incredulidad y terror, grit?ndome?"Nos est?n matando". Quiz?s el compa?ero esperaba que yo hiciera algo, pens?mi impotencia y estupefacci?n ante lo que estaba sucediendo, solamente me produjo una mueca. Y recuerdo otros compa?eros que saltaban por el techo de un edificio, enfrente de nosotros. Ya ni me acordaba del soldado que me apuntaba, porque la mir?ada de mortales, intensos, estruendosos y humeantes sucesos desviaban a cada segundo la atenci?n de todos.

Calle de por medio desde donde se parapetaba el soldado que me apunt?, hab?a una casa convertida en un comercio en donde se vend?a instrumental odontol?gico; en las escaleras de una especie de s?tano de esta casa, sumido a medio cuerpo estaba un compa?ero a quien yo le hab?a solicitado que se incorporara a la marcha. Este compa?ero era tambi?n un profesor de secundaria en un centro de ense?anza de una zona obrera, en donde yo tambi?n daba clases. El profesor de la Facultad de Econom?a y yo nos acercamos hacia ?l. "Tengo esquirlas en una pata", nos dijo. "No puedo caminar", agreg?. "Esperate" le dijimos. Y el profesor y yo le hicimos una improvisada silla con nuestros brazos y lo sacamos "chineado" por la cuadra no cercada militarmente, que termina en la esquina nororiente del Hospital de Maternidad. Al llegar a la esquina, un ciudadano visiblemente indignado y solidario, a bordo de un microb?s que ten?a "logos" de una reconocida empresa nos dijo con tono de indignaci?n: "los han reprimido??verdad?". "S? hombre", le contestamos. "D?jenlo conmigo, yo lo llevo al Hospital", solicit?. As? introducimos al compa?ero baleado en el microb?s. D?as despu?s encontr? al compa?ero, recuperado, y pens? que alguno de nosotros debi? acompa?arlo para asegurarse del ingreso al Hospital.

"Vamos a ver si hay otros compa?eros que necesitan ayuda", me dijo el profesor, despu?s de dejar a mi compa?ero en el microb?s. Yo me sent?a agotado y preocupado?como si mi vida hubiera estado en un hilo. Pero pens? que el profesor ten?a raz?n, que probablemente otros compa?eros necesitaban de nuestra ayuda y caminamos, en torno a la manzana del Instituto Central de Se?oritas y regresamos a la esquina, en donde estuvo apunt?ndome el soldado. Ya no estaba el cerco militar.

En la calle se observaban charcos de sangre, zapatos desperdigados; en los alrededores, gente estupefacta con mirada de indignaci?n y dolor. Un cami?n del Ej?rcito corri? sobre la calle que hac?a unos minutos estaba bloqueada militarmente. El cami?n militar iba con el toldo descubierto en la parte trasera, raudo en direcci?n oriente enfrente del edificio del Seguro Social ante la mirada de decenas de personas. El toldo descubierto permit?a ver el terrible "cargamento": eran estudiantes "sentados" a las orillas de la cama del cami?n, con la cabeza ca?da, tambale?ndose, muchos de ellos seguramente hab?an encontrado la muerte durante la reprimida manifestaci?n o la encontrar?an despu?s en las instalaciones militares. Hurgando con ansias dirig? mi vista hacia el interior del cami?n para tratar de reconocer a alguien, alcanc? a divisar la motocicleta de Jaime Baires, amigo m?o, un profesor graduado en Francia y que en esa oportunidad afortunadamente, abandon? la motocicleta en la confusi?n del tiroteo. Unos a?os despu?s, Jaime Baires aparecer?a asesinado, ba?ado con ?cido, seg?n reportaron.

Zapatos tirados, charcos de sangre, eran los mudos testigos del dolor y del terror, de la muerte?de la pureza en los ideales, en la entrega social, del coraje y de la determinaci?n de un movimiento estudiantil. Esa tarde y en la noche no se porqu? motivos no dejaban de retumbarme en la cabeza las notas de la Novena Sinfon?a de Beethoven que aprend? a escucharla atentamente a instancias de mi padre, quien me explicaba destacando el profundo valor humano de la composici?n. Sent?a que la escuchaba en el mas all?, en el futuro.

Murieron muchos compa?eros; aunque no existe una cifra oficial, se asegura que fueron cerca de 50 los que murieron o desaparecieron. Entre los muertos, el Gobierno solamente reconoci? al estudiante Roberto Miranda; era un compa?ero muy interesado en la investigaci?n cient?fica, lo conoc? personalmente porque solicitaba mi asesor?a para investigaciones sobre el movimiento campesino. Despu?s me enter? que tambi?n era poeta al publicarse algunos de sus poemas en un peri?dico de la Universidad. El velorio de Roberto Miranda, se realiz? en Soyapango, una zona de creciente industrializaci?n considerada por ?sa ?poca como "el coraz?n industrial de Centroam?rica". Como un modesto recuerdo por su ejemplo, le dediqu? a Roberto Miranda, mi primer trabajo de investigaci?n publicado en la Revista Econom?a Salvadore?a.

Los sucesos del 30 de julio de 1975 deben recordarse siempre como una de las grandes batallas por la libertad y la democracia en El Salvador. Fu? una de las tantas grandes contribuciones de la UES al proceso de construcci?n de una nueva sociedad democr?tica en El Salvador. El Ministro de Defensa era el Coronel Carlos Humberto Romero, posteriormente derrocado en 1979, siendo Presidente.

Ha pasado m?s de un cuarto de siglo, hay dolores y esperanzas eternos y para recordar esta deuda con quienes nos permiten seguir so?ando en un futuro mejor ahora la v?a se llama "M?rtires del 30 de Julio".




Fuente:

III. La masacre de estudiantes universitarios: un testimonio


-

Tags: Masacre, El_Salvador, Testimonio

Publicado por Tepez @ 3:43  | Realidades
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Oscar
S?bado, 10 de mayo de 2008 | 5:55
Gracias por recordarnos