Jueves, 11 de octubre de 2007
FABRICANDO EL CONSENSO


NOAM CHOMSKY

III La democracia del espectador


Otro grupo que qued? directamente marcado por estos ?xitos fue el formado por te?ricos liberales y figuras destacadas de los medios de comunicaci?n, como Walter Lippmann, que era el decano de los periodistas americanos, un importante analista pol?tico -tanto de asuntos dom?sticos como internacionales- as? como un extraordinario te?rico de la democracia liberal. Si se echa un vistazo a sus ensayos, se observar? que est?n subtitulados con algo as? como Una teor?a progresista sobre el pensamiento democr?tico liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas comisiones de propaganda y admiti? los logros alcanzados, al tiempo que sosten?a que lo que ?l llamaba revoluci?n en el arte de la democracia pod?a utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en la poblaci?n, mediante las nuevas t?cnicas de propaganda, la aceptaci?n de algo inicialmente no deseado. Tambi?n pensaba que ello era no solo una buena idea sino tambi?n necesaria, debido a que, tal como ?l mismo afirm?, los intereses comunes esquivan totalmente a la opini?n p?blica y solo una clase especializada de hombres responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos se derivan.

Esta teor?a sostiene que solo una ?lite reducida -la comunidad intelectual de la que hablaban los seguidores de Dewey- puede entender cu?les son aquellos intereses comunes, qu? es lo que nos conviene a todos, as? como el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En realidad, este enfoque se remonta a cientos de a?os atr?s, es tambi?n un planteamiento t?picamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para ello, para conducir despu?s a las masas est?pidas a un futuro en el que estas son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por s? mismas. Es as? que la teor?a democr?tica liberal y el marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideol?gicos. En mi opini?n, esta es una de las razones por las que los individuos, a lo largo del tiempo, han observado que era realmente f?cil pasar de una posici?n a otra sin experimentar ninguna sensaci?n espec?fica de cambio. Solo es cuesti?n de ver d?nde est? el poder. Es posible que haya una revoluci?n popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quiz?s no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo lo mismo: conducir a las masas est?pidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por s? mismas.

Lippmann respald? todo esto con una teor?a bastante elaborada sobre la democracia progresiva, seg?n la cual en una democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen alg?n papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administraci?n. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideol?gicos, econ?micos y pol?ticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje peque?o de la poblaci?n total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulaci?n las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qu? hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo peque?o y siendo la mayor?a de la poblaci?n, constituyen lo que Lippmann llamaba el reba?o desconcertado: hemos de protegemos de este reba?o desconcertado cuando brama y pisotea.

As? pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la funci?n ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el reba?o desconcertado tambi?n con una funci?n en la democracia, que, seg?n Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos ?ltimos llevan a t?rmino algo m?s que una funci?n: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de alg?n miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro l?der, o, mejor, queremos que t? seas nuestro l?der, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez que se han liberado de su carga y traspasado ?sta a alg?n miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acci?n, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda.

Y la verdad es que hay una l?gica detr?s de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado est?pida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar en la gesti?n de los asuntos que les afectan o interesan, lo ?nico que har?an ser?a solo provocar l?os, por lo que resultar?a impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al reba?o desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma l?gica que dice que ser?a incorrecto dejar que un ni?o de tres a?os cruzara solo la calle. No damos a los ni?os de tres a?os este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben c?mo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del reba?o desconcertado participen en la acci?n; solo causar?an problemas.

Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al reba?o perplejo; algo que viene a ser la nueva revoluci?n en el arte de la democracia: la fabricaci?n del consenso. Los medios de comunicaci?n, las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase pol?tica y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar alg?n sentido tolerable de realidad, aunque tambi?n tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aqu? la premisa no declarada de forma expl?cita -e incluso los hombres responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos- tiene que ver con la cuesti?n de c?mo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones.

Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el poder real, que no es otra que los due?os de la sociedad, es decir, un grupo bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y decir Puedo ser ?til a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos las creencias y doctrinas que servir?n a los intereses de los due?os de la sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestr?a esta autoformaci?n, no formar?n parte de la clase especializada. As?, tenemos un sistema educacional, de car?cter privado, dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad acerca de los valores e intereses del poder real, y del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si pueden conseguirlo, podr?n pasar a formar parte de la clase especializada. Al resto del reba?o desconcertado b?sicamente habr? que distraerlo y hacer que dirija su atenci?n a cualquier otra cosa. Que nadie se meta en l?os. Habr? que asegurarse que permanecen todos en su funci?n de espectadores de la acci?n, liberando su carga de vez en cuando en alg?n que otro l?der de entre los que tienen a su disposici?n para elegir.

Muchos otros han desarrollado este punto de vista, que, de hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, ?l destacado te?logo y cr?tico de pol?tica internacional Reinold Niebuhr, conocido a veces como el te?logo del sistema, gur? de George Kennan y de los intelectuales de Kennedy, afirmaba que la racionalidad es una t?cnica, una habilidad, al alcance de muy pocos: solo algunos la poseen, mientras que la mayor?a de la gente se gu?a por las emociones y los impulsos. Aquellos que poseen la capacidad l?gica tienen que crear ilusiones necesarias y simplificaciones acentuadas desde el punto de vista emocional, con el objeto de que los bobalicones ingenuos vayan m?s o menos tirando. Este principio se ha convertido en un elemento sustancial de la ciencia pol?tica contempor?nea. En la d?cada de los a?os veinte y principios de la de los treinta, Harold Lasswell, fundador del moderno sector de las comunicaciones y uno de los analistas pol?ticos americanos m?s destacados, explicaba que no deber?amos sucumbir a ciertos dogmatismos democr?ticos que dicen que los hombres son los mejores jueces de sus intereses particulares. Porque no lo son. Somos nosotros, dec?a, los mejores jueces de los intereses y asuntos p?blicos, por lo que, precisamente a partir de la moralidad m?s com?n, somos nosotros los que tenemos que asegurarnos de que ellos no van a gozar de la oportunidad de actuar bas?ndose en sus juicios err?neos. En lo que hoy conocemos como estado totalitario, o estado militar, lo anterior resulta f?cil. Es cuesti?n simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los individuos, y, si se apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha acabado siendo m?s libre y democr?tica, se pierde aquella capacidad, por lo que hay que dirigir la atenci?n a las t?cnicas de propaganda.

La l?gica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al Estado totalitario. Ello resulta acertado y conveniente dado que, de nuevo, los intereses p?blicos escapan a la capacidad de comprensi?n del reba?o desconcertado.

Continuar?...

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Tags: Noam Chomsky, Media

Publicado por Alfarero. @ 8:02  | Pensamiento Cr?tico
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