Lunes, 24 de marzo de 2008
Por José Arnoldo Sermeño Lima

TEGUCIGALPA. Era enero de 1980. Venía de renunciar el gabinete de la primera junta de gobierno que había asumido menos de tres meses antes, a raíz del golpe del 15 de octubre de 1979 contra el general Carlos Humberto Romero. Los renunciantes de ese enero no querían continuar participando en un gobierno sin ejercer poder para implementar las reformas prometidas, o para detener las
violaciones a los derechos humanos. Esas violaciones habían sido irónicamente una de las razones más importantes para la caída del general Romero.   
 
Fui invitado a una reunión para formar el "Movimiento Independiente de Profesionales y Técnicos de El Salvador", MIPTES, en la que quedó constituida una directiva formada por Enrique Álvarez, quien venía de renunciar como ministro de Agricultura; Eduardo Calles, decano de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la UES; Mauricio Silva, quien renunciaba como viceministro de Planificación; Oscar Dada y el suscrito, quienes habíamos regresado al país a fines de 1979. Una de las primeras tareas que nos impusimos fue visitar a Monseñor. Nos recibió en el seminario de San José de la Montaña, y después de expresar su alegría por conocer la constitución de ese Movimiento, la primer pregunta que nos hizo fue si considerábamos que, de llegar a tomar el poder la guerrilla  -que aún no era FMLN- respetaría o no la libertad religiosa, o si podría darse una persecución contra la
iglesia. Se le expresó que no teníamos suficiente información para responderle, pero asumíamos que ese riesgo se reducía por el hecho que cada grupo guerrillero tenía entre su dirigencia gente con formación religiosa. Meditó la respuesta y expresó: "Estoy seguro que Dios nunca nos abandonará". Evadió las preguntas sobre su seguridad personal.  

A pesar de la gravedad del momento, ninguno de nosotros imaginó que en esos días se estuviera gestando un magnicidio en su contra, como el que se concretó semanas después.  Ignacio Ellacuría decía que era el Espíritu Santo quien había inspirado
lo que él llamaba la "conversión" de Monseñor, transformándole de un reservado obispo del interior, más conocido por celebrar ceremonias religiosas privadas para la elite del país; hasta convertirse en un ferviente defensor de los derechos humanos y de su iglesia, con dimensión universal.    El 20 de febrero de 1977, dos días antes de asumir su arzobispado, el país celebró una elección presidencial que resultó una farsa. La oposición convocó a una concentración en la plaza Libertad el
28 de febrero, lo que se saldó con una masacre contra los congregados. Monseñor trató de evitarla, pero la tropa en la plaza se mofó de sus intentos. Ese fue el inicio del Vía Crucis para Monseñor, quien intentó detener inútilmente el baño de sangre de decenas de heridos, muertos y desaparecidos esa fecha.   A fines de enero el gobierno del presidente saliente, Arturo Armando Molina, había arrestado y expulsado al sacerdote colombiano Mario Bernal; y la semana previa a su asunción expulsó al
estadounidense Bernard Survill y al belga Willibrord Denaux. El día de su toma de posesión como arzobispo, 22 de febrero, el gobierno anunció que impediría el ingreso de sacerdotes extranjeros que estaban en misión fuera del país, entre ellos
el español Benigno Fernández y el nicaragüense Juan Ramón Vega. El 12 de marzo fueasesinado el párroco de Aguilares, Rutilio Grande, amigo personal de Monseñor, junto con un niño y un anciano, ambos campesinos. Monseñor convocó a una misa única
para simbolizar la unidad de la iglesia, la que efectuó en la plaza Barrios de la capital el 20 de marzo, en contra de la opinión del nuncio apostólico, Mons. Emmanuelle Gerada y de otros obispos. En protesta por estos delitos, Monseñor no asistió a la toma de
posesión del nuevo presidente, el general Romero. Después vino un largo etcétera de persecuciones a religiosos que defendían los derechos humanos o el derecho de los humildes a tener una vida mejor. Monseñor denunció esos casos en sus homilías, que
se volvieron piezas valiosas de defensa de ambos principios a la luz del evangelio.
 
Su transformación siempre me recordó la de Tomás Becket, arzobispo de Canterbury, santo y mártir de las iglesias católica y anglicana, quien le precedió por ocho siglos. A diferencia de Becket, Monseñor no había sido en su juventud un amante de los placeres de este mundo; pero semejante a él, una vez puestos en sus respectivos arzobispados se convirtieron en fieros defensores de su iglesia ante el poder terrenal, sin responder a las expectativas de sus antiguos amigos poderosos. Si Monseñor tuvo que enfrentar al aparato represivo de sus antiguos fieles; Becket lo hizo ante su viejo amigo, el rey Enrique II, quien le había elevado al arzobispado creyendo que contaría con su complicidad para volverse soberano absoluto, del reino y de la iglesia, y eliminar los privilegios que había adquirido el clero inglés, lo que le llevó a reprimir a elementos de la iglesia.   Becket fue apuñaleado el martes 29 de diciembre de 1170  en el atrio de la catedral de Canterbury por cuatro caballeros anglo-normandos cercanos al rey: Reginald Fitzurse, Hugo de Morville, William Tracy y Richard Brito. Monseñor Romero fue ultimado de un balazo en el corazón, mientras oficiaba misa al final de la tarde en la capilla del hospital para cancerosos La Divina Providencia. Era el lunes 24 de marzo de 1980.

La Comisión de la Verdad constituida en los Acuerdos de Paz, conformada por connotadas personalidades internacionales (un ex presidente colombiano, un ex canciller venezolano y un ex presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos) llegó a seis conclusiones, entre las que se cuentan que el francotirador que segó la vida de Monseñor ejecutó una orden del mayor Roberto d'Aubuisson, complot en el que participaron además los capitanes Álvaro Saravia y Eduardo Ávila, así como Fernando Sagrera y Mario Molina. Walter Antonio Álvarez junto con Saravia cancelaron los "honorarios" del ejecutor. El 3 de septiembre de 2004, Saravia fue
encontrado civilmente responsable de este crimen por una corte de Estados Unidos, imponiéndole una indemnización de $10 millones en beneficio de la familia de Monseñor. D'Aubuisson había fallecido en 1992. Saravia sigue en fuga, para evitar una orden de extradición. Elementos claves para condenarle fueron las declaraciones del ex embajador de EUA en El Salvador, Robert White; así como del ex chofer de Saravia, Amado Antonio Garay, quien en el juicio relató que por órdenes de su antiguo jefe condujo al
asesino a cumplir su cometido y luego le llevó de regreso a casa de Saravia. Según su testimonio, dos días después del asesinato Saravia saludó a d'Aubuisson diciéndole: "Misión cumplida", a lo que este respondió: "No debiste haberlo hecho.

Debiste haber esperado". Saravia dio una entrevista al periódico "El Nuevo Herald" dos años después, "desde algún país de América Latina", donde pidió perdón por el crimen y ofreció dar el nombre de todos los complotados "si me garantizan mi vida, un trabajo, un país donde vivir…Si yo hablo, El Salvador tiembla", agregó.   
 
 
El día del magnicidio, lunes 24 de marzo de 1980, amaneció con grandes titulares en los matutinos del país, criticando al arzobispo por su homilía de la víspera, en la que había dicho a las bases de la Guardia Nacional, de la policía y del ejército que "ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: 'No matarás'". Les dijo que "no estaban obligados a obedecer una orden contra la Ley de Dios". Recordarles ese mandamiento del Decálogo judeocristiano resultó inadmisible para la prensa salvadoreña, que le acusó de incitar la tropa a la insurrección. Esa noche era hombre muerto.   
   
Con Eduardo Calles fuimos a sus exequias el 30 de marzo. Estábamos ubicados en la acera del Banco Hipotecario, viendo a través de la plaza la misa que se efectuaba en las gradas de catedral metropolitana. Plaza y calles estaban a reventar. De pronto, desde la azotea del Palacio Nacional -que en esa época lo ocupaba el Ministerio de Defensa- empezaron a soltar bombas que dejaban una estela de humo en su recorrido. La gente huyó despavorida, pero de la nada surgieron adolescentes supuestamente guerrilleros que lograron detener la estampida. La misa continuó. Pocos minutos después volvieron las bombas, y entonces la gente ya no se contuvo.

En la esquina del banco los adolescentes pararon al tropel, haciéndole ver que iba directo hacia el cuartel de la policía nacional. En ese momento empezaron a disparar desde la azotea del edificio de la Asociación de Cafetaleros. Los muchachos gritaron que nos pegáramos a la pared, se tiraron al suelo y de sus mochilas sacaron pistolas, con las que respondieron al fuego. Cuando éste se detuvo nos dirigieron hacia el sur, en dirección a la iglesia de Candelaria; mientras dejábamos atrás las detonaciones de bombas y disparos que dejaron una secuela estimada posteriormente en 26 muertos y más de 200 heridos en la plaza y gradas de catedral. Parte del público y los dignatarios eclesiásticos que celebraban la misa tuvieron que refugiarse dentro del templo. Cuando estábamos a media cuadra de la Candelaria, en la boca calle se detuvo un radio patrulla de la policía, cuyos ocupantes salieron del vehículo y empezaron a dispararnos. Nuevamente los muchachos nos gritaron que nos pegáramos a la pared, y respondieron al fuego hasta que los policías se marcharon. En esa iglesia nuestro nutrido contingente se disgregó en pequeños
grupos que tomaron diferentes direcciones. Seguimos caminando con gente que iba en dirección del zoológico, pues cerca de ahí vivía la madre de Eduardo. En el camino fuimos nuevamente avistados por otro radio patrulla policial. Nos metimos al primer portón que encontramos, que resultó ser un taller, cuyos mecánicos nos escondieron del registro que los uniformados hicieron casa por casa. Cuando partieron, nos fuimos hacia la casa de la madre de Eduardo, donde pasamos la tarde. Al llegar a mi casa, ya entrando la noche, el Ing. Napoleón Duarte estaba en cadena de radio y televisión, asegurando que todos los cuerpos policiales y del ejército habían estado acuartelados todo el día, y que los atentados de esa fecha habían sido montados por la guerrilla…   
 
 
La derecha salvadoreña nunca escuchó a Monseñor. Muchas veces tampoco la izquierda. Da la impresión que no analizaron su tercera y cuarta cartas pastorales, donde defendió a las organizaciones populares, pero las advirtió contra el fanatismo de la violencia y el odio de clases; y a los cristianos que participaban en ellas les recordó que la fe debía ser "su último marco referencial". Criticó la idolatría del dinero, pero también la del fanatismo político, diciendo que ésta última transforma esa "posible fuerza del pueblo en un obstáculo para los mismos intereses del pueblo y para un cambio social profundo" 
 
Sobre todo era un hombre solidario y racional: "Hay que combatir el egoísmo que se esconde en quienes no quieren ceder de lo suyo para que alcance a los demás. Hay que volver a encontrar la profunda verdad evangélica de que debemos servir a las mayorías pobres" (homilía del 2 de abril de 1978). O su homilía del 15 de octubre de 1978: "Aquí nos está dando Cristo la respuesta a una calumnia que se oye muy frecuente: ¿Por qué la Iglesia sólo le está predicando a los pobres? ¿Por qué la Iglesia de los pobres? ¿Que acaso los ricos no tenemos alma? Claro que sí y los amamos entrañablemente y deseamos que se salven, que no vayan a perecer
aprisionados en su propia idolatría, les pedimos espiritualizarse, hacerse almas de pobres, sentir la necesidad, la angustia del necesitado".   
 
La iglesia anglicana le honró en 1998 seleccionándole entre los diez mártires de la fe y la justicia del siglo XX, instalando una estatua que le representa cargando al niño Jesús en el frontispicio occidental de la abadía de Westminster en Londres; que es la primera iglesia de dicha confesión, donde son coronados los reyes ingleses y donde descansan los restos de la elite artística, científica y religiosa inglesa, como Dickens, sir Lawrence Olivier o Newton. En una impresionante ceremonia presidida por la reina Isabel II, la iglesia anglicana otorgó una proyección universal desde la fe al párroco de Anamorós, Monseñor Romero, junto con los otros nueve mártires que seleccionó entre toda la humanidad y para todo el siglo pasado.   
 
 
La iglesia católica tiene abierto un expediente para canonizarle. En su visita "ad limina" en febrero de 2008, cinco obispos salvadoreños escucharon al papa Benedicto XVI decir: "El evangelio llevado allí (El Salvador) por los primeros misioneros y predicado también con fervor por pastores llenos de amor de Dios, como monseñor Oscar Arnulfo Romero, ha arraigado ampliamente en esa tierra, dando frutos abundantes de vida cristiana y de santidad". Asimismo, el papa criticó en esa ocasión la pobreza que sufre la mayoría de la población salvadoreña, lo que la hace emigrar del país, provocando consecuencias negativas para la estabilidad familiar. " 'Frente a la pobreza de tantas personas, se siente una necesidad ineludible de mejorar las estructuras y condiciones económicas, que permitan a todos llevar una vida digna', exigió el Papa", reporta La Prensa Gráfica del 29 de
febrero de 2008. Esa es una frase que parece salida de una homilía de monseñor Romero. En su edición en internet de la víspera, ese periódico transcribió estas palabras del pontífice: "El Papa pidió a los obispos salvadoreños que sean 'promotores y modelos de comunión' y que no dejen de 'corregir las situaciones irregulares cuando sea necesario' "; es decir, justamente lo que hizo y por lo que fue asesinado Monseñor Romero.   
 
Becket fue canonizado por el papa Alejandro III en 1173, tres años después de ser asesinado. El 12 de julio de 1174, el rey Enrique II tuvo que hacer penitencia públicamente ante su tumba, que se convirtió en lugar de peregrinación. La tumba de Monseñor Romero ya es un lugar de peregrinación. ¿Habrá alguna vez una penitencia pública por su asesinato?




Chichicaste. El Salvador





Tags: El Salvador, Monseñor Romero

Publicado por chichicaste @ 14:57  | Realidades
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Comentarios
Publicado por Invitado
Martes, 25 de noviembre de 2008 | 9:54
Hola yo al igual que todos los que defendemos a los pobres y nos gusta guiarnos por los caminos de la verdad,repudio enormemente la actitud que tomo el mayor Dabuisson en contra de Monse?or,oienso que a el no le convenia la presencia de el ya que ayudaba a que los campesinos se defendieran que hicieran valer sus derechos y que escucharan sus voces,con gran tristeza recordamos ese dia tan triste para los seguidores,de monse?or Romero.