Mi?rcoles, 26 de marzo de 2008
Por Kavernicola.

Esperé, antes de escribir este post, el pronunciamiento de diversos sectores de la sociedad ante un hecho de todos conocido, pero tamizado, observado y asimilado de formas muy diversas. No quise repetir tinta, pero sí poner de manifiesto mi sentir.

Quería indagar, qué dirían en esta ocasión, los que año con año hablan del magnicidio, hecho suscitado hace veintiocho años, ya. Los medios de comunicación, como es natural en ellos, siempre ausentes, salvo casos como El Faro, Colatino, Tecnovision y Megavision.

Los pronunciamientos son diversos y dependerá del sector del que provenga para que este sea a favor o en contra de la causa, que espera llevar al Santo de América a su presentación oficial en la Basílica de San Pedro.

Sabemos que San Romero de América no lo necesita porque, desde su deceso, este pueblo y buena parte del mundo lo aclamó ya como tal.

San Romero Universal creó en muchos un arraigo a la fé católica, arraigo que habíamos perdido por las insensibilidades de la misma, por su falta de apego y distanciamiento. Distanciamiento tan pronunciado en estos tiempos, letargos de fé, manifestados no sólo en las bancas vacías de las iglesias y templos, sino que tambien en los púlpitos y en las homilías frías e insensibles.

De algo debemos de estar seguros todos los salvadoreños/as, y para ilústralo le voy a robar la expresión a mi madre, que en aquella ocasión le pude escuchar, mientras imploraba y cuestionaba al creador, con lágrimas en los ojos, sobre el hecho “el cielo ha recobrado un santo, sin embargo, el país a perdido a un hombre bendito, arrebatado de los brazos su pueblo”.

En aquel tiempo, el pueblo se manifestó e inundó las calles de los alrededores de Catedral, el templo católico no dió abasto para albergar a todo un pueblo en las exequías del Santo. Tres días no fueron suficientes para sosegar el dolor y el sentimiento de inconformidad, impunidad e impotencia que se respiraba en el ambiente salvadoreño. Sentimiento que seguramente perdura hasta nuestros días.

Nos quedamos sin la voz que nos guiaba por los senderos de Cristo, muy presente tengo una homilía del Santo, en la cual se expresaba de la siguiente forma:

“He estado amenazado de muerte frecuentemente.
He de decirles que como cristiano no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.
Lo digo sin ninguna jactancia, con gran humildad.
Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por aquellos a quien amo, que son todos los salvadoreños,
incluso por aquellos que vayan a asesinarme.
Si llegasen a cumplirse las amenazas, desde ahora ofrezco a Dios mi sangre por la redención y por la resurrección de El Salvador.
El martirio es una gracia de Dios, que no creo merecerlo.
Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal que la esperanza pronto una realidad.
Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea para la liberación de mi pueblo
y como un testimonio de esperanza en el futuro.
Puede decir usted, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a aquellos que lo hagan.
De esta manera se convencerán que pierden su tiempo.
Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, nunca perecerá”

(Homilía del domingo 23 de marzo de 1980, un día antes de su muerte)

Lo anterior es, ni más ni menos, que el pensamiento profético de San Romero de América, en su máxima expresión. Pensamiento profundo y cargado de mucho amor, emulado de aquella hazaña de Nazaret de causas y expresiones similares.

La nostalgia en esta época del año me embarga nuevamente, al observar como las desigualdades, injusticias, atropellos y penas contra su pueblo, que el Santo denunció , son más vigentes que nunca.

Es humano en mí hacerme la siguiente pregunta: Valió la pena, la sangre del Santo, ofrendada a este sufrido y a la vez terco pueblo salvadoreño? La anterior la circunscribo al observar que en nada ha cambiado la situación para la inmensa mayoría de los guanacos. Quizá hubiera sido mucho mejor tomar el pobre ejemplo del actual arzobispo y agarrarla al suave si chingar a nadie.

Pero claro, no podemos confundir el cebo con la manteca y San Romero de América vivía, sufría y moría por su pueblo cada día. Buscaba el bienestar de las mayorías, ejemplificando en sus prédicas la vivencia de Cristo.

El que ponga en duda la santidad de Monseñor Romero, estoy seguro y convencido que estaría también dispuesto, martillo y clavo en mano, a repetir la barbarie que se dió en Nazaret, hace más de 2,000 años.

Estoy claro y convencido que un mártir como Jesús, NUNCA sería canonizado en esta iglesia católica del siglo XXI, pero sí en la canonización popular, como la que vive San Romero de América con su pueblo.

Kvernicola
el-salvador.blogspot.com



Chichicaste. El Salvador





Publicado por chichicaste @ 6:25  | Realidades
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