Domingo, 30 de marzo de 2008
Por: Dagoberto Gutiérrez

El poder del Estado en nuestro país ha supuesto una alianza con la Iglesia Católica porque, desde la invasión europea al continente, la espada que cortaba cabezas y el porvenir de los pueblos fue auxiliada por la cruz que apaciguaba las almas y construía la mansedumbre para el sometimiento.

Esta relación, con el paso de los siglos, sufre transformaciones y hasta negaciones, pero siempre que esto ocurre, el poder del Estado, oligárquico y de minorías, se defiende, eliminando el peligro. Esta defensa llega a incluir hasta la eliminación física de la amenaza y la imposición de silencios cómplices.

Monseñor Romero encarna, tanto una posición de la institución religiosa católica, como una expresión de esa conducta estatal silenciadora y asesina. Por supuesto que Romero es más, mucho más que eso, y su muerte martirial produce una especie de recreación de la vida del pueblo, de la esperanza y de la fe, y es éste un ejemplo de una vida suprema venciendo a la muerte y de una fe implacable en un Dios de justicia, de compromiso con los débiles y confrontado con los poderosos y explotadores.

Con Monseñor Romero, dijo Ellacuría, Dios pasó por El Salvador, y me parece que esta expresión de mucha creatividad intelectual es, sobre todo, la mejor alusión a la fe insobornable, invencible e indestructible que Monseñor Romero construyó para determinar su posición frente a la realidad de su pueblo y desde esa realidad iluminada por su fe. Monseñor encarna, por eso, al Pastor, al Guía, que orienta a su rebaño, y no lo abandona  aunque esto le cueste la vida, tal como ocurrió.

Esto es correspondiente a un hombre que desde su fe iluminó el mundo, su mundo, y encontró a un pueblo, su pueblo, necesitado de justicia, de verdad, de fuerza, de poder, de conciencia, de organización y de resistencia, de pan y de esperanza. Monseñor, desde luego, se entregó a este pueblo diciendo magníficamente que “con este pueblo es fácil ser buen pastor”.

Aquí encontramos la raíz de la confrontación, porque Monseñor supo muy bien que su entrega a su pueblo pobre lo enfrentaba con las fuerzas que, como sanguijuelas sangrientas, chupaban y chupan la sangre y la vida de los desprotegidos, y he aquí que el hombre de fe y clerical acepta el reto  y lo convierte en desafío y no rehuye en ningún instante la guerra desatada en su contra. Incluso, a sabiendas que su asesinato era inminente, tal como Jesús en el huerto de Getsemaní, Monseñor se enfrentó, sometió y entregó su vida preciosa, sin ceder nada de su voz, su posición y su mensaje justiciero.

Hay que saber que este hombre de fe se basó en la doctrina social de la Iglesia Católica, que es la posición oficial de esta iglesia, y esto nos dice, una vez más, que el papel del ser humano resulta fundamental a la hora de hacer cumplir los textos, y su ejemplo, de cara a la Iglesia Católica, resulta estremecedor para la institución porque demuestra que pese al boato, las luces y escándalo de poder de El Vaticano romano, esos corredores pueden ser invadidos, algunas veces por el escándalo de la fe, y en este caso, la fe de un hombre sencillo e inesperado, sin pose alguna y sin poder ni lujo alguno, más bien un simple siervo de su Dios, pobre, modesto, pero valiente y honrado, e iluminado y alentado por una fe que pareció y parece ser extraña  y, hasta perturbadora, ante los mismos administradores del Estado Vaticano.

Monseñor Romero, como hombre de su tiempo, está situado ante la historia de su pueblo, que es su principal aliento, situado ante la Iglesia Católica, que es su pertenencia institucional, situado ante El Vaticano como una jefatura no vivencial, lejana y europea.

El hombre asesinado hace 28 años vive y pervive cada minuto y cada segundo, resucitado en el corazón y en la fe de su pueblo pobre, que es su principal torrente de vida.

Estoy diciendo que el puente más poderoso y más vital es el del Pastor que se encuentra a cada instante con sus ovejas y estas ovejas, que no son físicamente las mismas que presenciaron y oyeron la muerte del Pastor, necesitan de esa voz y de esa interpretación de la realidad para hacer lo que él decía y sigue diciendo, porque el pueblo pobre, hoy como ayer, necesita conciencia liberadora, poder organizado, hacer política propia, casarse con la verdad y la justicia, y en una palabra, ser como Monseñor Romero, que es ser cristiano comprometido hasta la muerte con el mensaje de liberación. Ser como Monseñor Romero es ser como Jesucristo.

El pueblo pobre salvadoreño tiene su propio santo, que no es el de todos los salvadoreños, porque Monseñor sigue siendo odiado y temido por la oligarquía que lo asesinó, y para éstos sigue siendo el enemigo a eliminar; pero sigue siendo amado por su pueblo para quienes es fuente de fe y  milagro de la conciencia y de la liberación.

Su santidad popular no se corresponde con la santificación vaticana porque ni el amor es el mismo, ni la luz que ilumina la realidad desde Roma podrá sentir el eco de la voz del Pastor, que no siempre encontró en esas puertas el aliento, apoyo y comprensión que su pueblo sí le entregó a raudales.



Chichicaste. El Salvador




Publicado por chichicaste @ 19:05  | Realidades
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Comentarios
Publicado por Invitado
Viernes, 20 de enero de 2012 | 13:39

Hey esto si es pura Basuraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa ese curita lo que era es Guerrillero un objetivo tactico...

 

Un Santo no llama a las armas y a la guerra...

 

Piencen señoreS!!