S?bado, 03 de mayo de 2008
Por Salvador Artiga.

Ésto no va a terminar muy bien mamacita. Le susurré. Sentí el zumbido del disparo G3 cerca mi cabeza. Seguimos caminando sobre la calle como si no sucedía nada. No sé porqué se me ocurrió volverme a meter en ese lio.
Todo comenzó una calurosa tarde cuando me encontraba limpiando una culata de un camión en el taller del choco Reyna.
Había regresado al país, terco por no quererme ir porque tenia que mantener a mis hermanas que aun se encontraban estudiando. El Choco Reyna, no solo me dio trabajo si no también posada en su casa, una camita pequeña junto a las herramientas del taller de reparación de carros. Choco necesito trabajo, ayúdame le dije, y el choco Reyna, que no era ni lento ni perezoso y con un don de buena gente, me propuso que me enseñaría mecánica mientras me dedicaba a mis estudios. Esta bien le dije.  Empecé a trabajar en el taller que también se convirtió en mi temporal hogar.

Al inicio un mocoso como yo, sin músculos para levantar culatas logró aprender los trucos de la limpieza de autos. Pero no solo eso, el cipote mocoso aprendió todos los gerundios y mala jerga que se maneja en el gremio de mecánicos. Hijo de puta apurate que no tengo todo el día! Asi era el choco, a quien le tengo mucho respeto, se convirtió en el maestro no solo de esa vocación si no también de otras cosas. Pero las otras lecciones me las impartió Marta.
La primera vez que ella paso junto con su hermana caminando en la acera del taller me quede distraído viéndolas, le pregunte al choco Reyna quienes eran ellas. Habían llegado al barrio hace una semana, vivían veinte metros lejos del taller, pero aun no las conocía. La hermana mayor parecía Chalateca, pelo rubio con ojos claros, su hermana por el contrario, tenía un cabello largo, negro, su tez moreno claro, al principio no me atrajo y pensé que era demasiado superficial. Un día al terminar mi trabajo, me senté a descansar al otro lado de la acera. Salio la mas joven de las hermanas,  la que no consideraba atractiva, su cabello largo ondeaba el aire. la salude con la mano. Me devolvió el saludo y siguió su camino. No tuve mas remedio que seguirla para entablar conversación. Mi ropa sucia llena de mal olor, por los aceites y las grasas no eran la mejor presentación de mi persona, sin embargo a ella no le molesto, y eso fue suficiente para cambiar mi opinión acerca de ella. Tendría alrededor de diez y seis años de edad, y a esta edad todo es posible. La acompañe hacer sus comprados y conversamos un poco sobre lo cotidiano. En El Salvador todo pasa lento pero no así las relaciones.
Todos los días después de terminar mi trabajo la espera al otro lado de la acera donde nos dábamos cita para charlar. El choco Reyna que era ya muy viejo, corrido y recorrido a veces salia a alentarnos y a producir la vergüenza con sus exabruptos. En realidad no estaba acostumbrado a esas interrupciones.
Un día como suele pasar, terminamos en la acera con los emotivos besos. Y la despedida, no sin escuchar de lejos la voz del choco Reyna:

Puta cipote te la dejo parada! Y yo ahuevado ante estos gritos.
Marta estaría cumpliendo sus diez y siete años en unos meses, en esa época tomaba en broma todo esto.
Después de varios meses de noviazgo, Marta me invito a salir a caminar a horas de la noche. Estas loca le dije, puta, hay toque de queda, mejor nos quedamos por aquí cerca. Y ante las caricias y las palabras dulces y el – entonces me voy sola - , no pude mas que decir - te acompaño. Se regresó a su casa a traer su bolsa y empezamos el recorrido por algunas calles lejos del barrio. Nos detuvimos en una lugar oscuro, ella metió la mano dentro de su bolsa y sacó una cantidad de papeles para que los sostuviera.
Al salir a la claridad, me doy cuenta que eran panfletos políticos, impresos con letritas negras. Marta le dije, vos me traes de pendejo ó que. Soltó una sonrisa y comenzamos el recorrido por la calle solitaria donde comenzamos a soltar las paginas debajo de la puerta. No recuerdo cuantos cuantas puertas visitamos, algunas de madera, otras de metal, algunas veces nos atrevíamos a dejar los documentos encima de los parabrisas de los carros. Cuando regresamos al barrio Marta se fue a su casa y yo medio molesto pues no me avisó para nada la acción que llevaríamos. Yo antes ya había realizado este tipo de actividades, pero no sabia que mi novia andaba en estas vueltas. Y yo que tan santita y tan dulce que la creía. Me dejo pensando toda la noche, nunca le conté al chocho Reyna, aunque el viejo también era medio loco, rebelde, y hasta cierto punto de pensamiento mundano, y de izquierda, no creí aprobaría mi relación con otra muchacha que se encargaba de andar repartiendo panfletos de la guerrilla de forma clandestina.

De todos modos, yo me sentía enamorado, todo puede perdonarse. Esa noche no fue la última de estas acciones, por ella me metí en una gran cantidad de problemas, y algunas veces quede sin dinero. Lo poco que ganaba se lo daba para que se fuera a traer los panfletos y para andar comiendo afuera aparte lo daba a mi propia familia con quienes no vivía. Mira Marta esto no va a terminar bien, mejor calmémonos que las cosas en estos días se están poniendo muy candentes en el país. La guardia anda cateando todas las casas.  Un día me dijo que estaban rentando un cuarto en la casa, y me sugirió que me fuera a vivir con ellas. Le pregunte al Choco Reyna primero ya que como amigo el viejo era de confianza, y me ayudo con un poco de dinero para que me fuera a vivir a ese cuarto. Ganaba lo suficiente para pagar el pequeño cuarto. Y podía entonces estar cerca de Marta. Algunas noches ella se prendia de mi puerta, y terminaba en mi cama, se marchaba por la madrugada.

El Choco Reyna me aumentó el sueldo, en tiempos que mas lo necesitaba, ademas me regaló una caja: - usa condones cipote, no vayas a dejar preñada a la cipota – me insistío. Marta había ideado esconder toda la propaganda en mi cuarto. El cuarto poseía unos ladrillos falsos que sirvieron para esconder el material escrito y algunas noches seguimos repartiendo los panfletos en la calle. Y yo siempre le decía, Marta esto no va a terminar bien.

Un día salimos hacer nuestro acostumbrado recorrido, nos fuimos a un barrio que no habíamos visitado antes, y aunque ya lo conocíamos nunca lo habíamos recorrido por las noches, menos en la época de los toques de queda. Empezamos a repartir los panfletos debajo de las puertas, cuando nos dimos cuenta, a lo lejos venían una sombras, empezamos a caminar un poco apurados, Marta me detuvo y comenzó a besarme, los panfletos me los metí en la parte de adelante del calzoncillo para esconderlos. Los de la municipal nos detuvieron.

¿Que hacen aquí? nos  nos preguntó y yo que me le paro y le digo, es que estoy con mi novia. - Documentos! - Marta me tomo la mano mientras me apretaba. Saque mi cartera y le dí mis documentos. La tarjeta de identidad.
¿Donde esta la vialidad? me pregunto aquí la tiene le dije mientras le daba una constancia de haber pagado el permiso para transitar las calles de mi país.

¿y ella no tiene recibo de vialidad? No le dije es que todavía no cumple los 18, le respondí.

¡Acá todo el mundo que anda en las calles paga vialidad esa es la ley! me respondió mientras el otro soldado me apuntaba con su arma. Si, si claro, lo que usted diga, le dije, no se preocupe, mañana mismo voy a la alcaldía y la pago.

¡No, ustedes se van con nosotros al cuartel de la policía! mire le dije, esto de la vialidad lo podemos arreglar, yo sé que ustedes pueden pagarla por nosotros, hasta la multa si es posible, por mi no hay problema señor oficial. Saque de mi billetera 50 colones y se los dí. El soldado los agarró y me dijo que fuera después a la comisaria a “recoger el recibo” claro, claro le dije.

Vallase y caminen despacio.

Marta coloco su brazo alrededor de mi espalda y nos fuimos caminando despacito, escuche entonces el rifle que armaba listo para disparar, continuamos caminando. Luegos escuchamos el zumbido del disparo cerca de mi cabeza que me dejo sordo.

Mientras el soldado soltaba la risa, y nos gritó: ¡la próxima vez paguen un hotel, hijos de puta!

Seguimos caminando mientras yo le decía muy quedito a Marta, esto no va a terminar muy bien mamacita.

Esa noche sentí unos golpes en el pecho, el sudor, la agonía de salir vivo del algún infierno. Porque esta no fue la primera ni la ultima vez que fui detenido por soldados en medio de una guerra. La luna ya no brillaba como antes, y el sudor de Marta se deslizaba en nuestra piel en los dos cuerpos unidos, jurándonos estar juntos por siempre mientras hacíamos el amor. esto no va a terminar muy bien, verdad mi amor, ella me decía muy quedito, mientras nos quedamos abrazados esa noche. Meses mas tarde Marta se despidió de mi diciéndome que su familia se marchaban para los Estados Unidos, ya le habían pagado a un coyote para que la pasaran al otro lado de la frontera. No le pedí que se quedara, cuando Marta decía algo era definitivo, sin embargo me prometió que nos volveríamos a encontrar.

Dos años vivía en otra casa, lejos del taller.

Los apagones y las balaceras eran cosa cotidiana así como también los muertos. Yo seguí repartiendo algunos panfletos en la calle, como ustedes saben las buenas costumbres y los buenos hábitos no se pierden nunca. Pero eran tiempos de mucho riesgo, el número de ataques contra los retenes del ejercito era cada vez mayor en la ciudad, y aunque la prensa escrita y la televisión nunca decía el número de soldados del ejercito muertos en los ataques hechos por la guerrilla, casi siempre sacaban semanas después la lista de soldados a quienes les rendían el honor por la patria, soldados que habían sido muertos, debido a “extrañas” circunstancias, se pego un balazo en el pie, “muerte accidental” etc, etc. En mas de una ocasión los vecinos a veces habían visto los ataques y aunque la gente no salia a ver pues era peligroso, a tempranas horas de la mañana cuando salian a sus puertas solian encontrar los cascos de soldados muertos que habían sido olvidados por los batallones que llegaban hacer la limpieza.
Una tarde comenzó un ataque muy cerca de una guarnición de soldados que se encontraban como a un kilómetro de mi humilde hogar. Los disparos se podían escuchar, como si estos fueran en tu mismo cuarto, acostumbrado a esos disparos, solía a veces identificar el tipo de armas que se utilizaba, pum pum, esa fue un G3, esa fue pistolita, pum, pum, esa ráfaga parece anti aérea.
Al escuchar un auto y el sonido del motor no me era conocido, Me acerque a la ventana a curiosear, al ver la calle pude ver un carro de lujo, y a un lado de la esquina una mujer pequeña arrastrando una ametralladora mas grande que ella. La mujer se monto al auto y se marchó.
Mientras solté una leve sonrisa, pulsó mi corazón mas rápido de lo acostumbrado,  ¡ah!, Marta, esto no va a terminar muy bien, me dije a mi mismo..    



Chichicaste. El Salvador



Tags: El Salvador, Relatos, Crónicas

Publicado por Alfarero. @ 23:28
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Comentarios
Publicado por Shakira
Martes, 06 de mayo de 2008 | 5:08
ME GUSTO MUCHO EL RELATO NO SE SALE DEMASIADO DE LA REALIDAD YA CASI PARECE UNA CRONICA

FELICIDADES
Publicado por Shakira
Martes, 06 de mayo de 2008 | 5:08
ME GUSTO MUCHO EL RELATO NO SE SALE DEMASIADO DE LA REALIDAD YA CASI PARECE UNA CRONICA

FELICIDADES
Publicado por Shakira
Martes, 06 de mayo de 2008 | 5:09
ME GUSTO MUCHO EL RELATO NO SE SALE DEMASIADO DE LA REALIDAD YA CASI PARECE UNA CRONICA

FELICIDADES