Tal vez para adquirir algo de notoriedad en esta campaña electoral, el empresario “exitoso” Arturo Zablah ha comenzado a borrar con la mano derecha lo que escribió –hasta ayer nomás- con la izquierda. Sus nuevos compañeritos de juegos ya no son aquella banda de asaltantes de los negocios y los bienes del Estado, sino que se trata de un grupo de ingenuas carmelitas descalzas que cantan villancicos navideños. Ya no se trata de “sacar a Arena del poder”. De lo que se trata es de reinventarla para seguir en el poder a cualquier precio.
Antes de analizar este movimiento táctico de la atribulada campaña de Arena, se impone revisar este calificativo de “exitoso” con que muchos se han referido al segundo de Rodrigo Ávila. ¿Puede ser exitoso un empresario en un país que tiene la mitad de su población activa con salarios por debajo de lo que se requiere para cubrir la canasta básica? ¿Puede serlo cuando necesita un ejército de guardias privados para moverse diariamente? ¿Es éxito ganar dinero donde la gente muere por falta de previsión, cada vez que cae una fuerte lluvia? ¿Es correcto –ya que no moral- pensar en empresarios exitosos y pueblo empobrecido y con sus necesidades básicas insatisfechas?
La estrategia de la campaña de Arena, que se leía hasta hace poco tiempo en los periódicos, consistía en hacer pensar que las diferencias de intención de voto entre Mauricio Funes y Rodrigo Avila se debían a que aquél había largado antes. Ya para octubre se verá que habrá un empate técnico, era la consigna. Pero llegó octubre y un par de encuestas de sendas universidades han dado un fuerte golpe a la estrategia. Funes mantiene la delantera y una considerable ventaja.
Frustrada esa ilusión, los estrategas de Arena echaron mano a Zablah intentando de este modo ir en contra de una tendencia general, a saber: los vices completan, ayudan, pero no son decisivos. Aquí será Funes contra Avila, por más esfuerzos que se pretenda hacer para hacer jugar otras variantes.
Esta jugada de Arena lleva de suyo un reconocimiento no explícito que desnuda el error inicial, ya irremediable: el candidato presidencial no está a la altura de las circunstancias.
No tiene carisma, su desempeño mediático es pobre y con la mera publicidad eso se puede disimular, pero no ocultar del todo. Por esta razón es que a pesar de la proliferación de «spots» televisivos y de la mano generosa que le brindan los medios periodísticos, Avila sólo logra mostrar una ación defensiva. Eso se percibe en las encuestas de opinión y en los focus group.
Eso ocurría antes de la entrada a escena de Zablah y ahora se potenciará pues la inclusión del empresario “exitoso” no será para que desempeñe un bajo perfil. La pregunta que surge es si el aporte que, desde el punto de vista de la intención de voto, pueda dar Zablah no se revertirá después del primer momento. Porque es evidente que los problemas internos de Arena y las diferencias de pensamiento entre los integrantes de la fórmula no logran ser ocultados.
Hasta aquí podríamos decir que la crisis que vive el país en materia económica y social también está operando fuertemente en la política. A punto tal que la campaña arenera intenta ahora mostrar al partido y al candidato como algo nuevo, algo que cambia. Es previsible que esos mensajes no serán aceptados por las mayorías, pues ya han asignado ese rol transformador y renovador a Mauricio Funes. Es que la realidad es la única verdad: Mauricio Funes es el dato nuevo de esta etapa política de El Salvador. Y contra eso no se puede ir.
¿Quiere decir esto que la elección presidencial ya está definida? No. Faltan cinco meses, mucha agua deberá correr debajo de los puentes. Pero sí se puede afirmar que el triunfo de Funes y del FMLN sólo dependen de ellos. De sus aciertos y de sus errores. De su capacidad para conquistar a los sectores que aún se muestran indecisos; de saber llegar a ellos con mensajes de seguridad, de que el cambio que proponen no implica riesgos de ninguna naturaleza.
¿Dejo de lado la capacidad de Arena para remontar las diferencias? ¿No le doy chances para revertir la tendencia? No se trata d eso. Es que las mayorías populares del país esperan un cambio de rumbo que Arena no puede ofrecer. No está en condiciones porque está sometida a la entropía. Este concepto proveniente de la ingeniería termodinámica significa el grado de desorden molecular que se da en un cuerpo. En materia de la teoría de la información puede decirse que se trata de la incertidumbre que se registra sobre un conjunto de datos. El proceso entrópico que vive Arena comienza a filtrarse en los periódicos: irresoluciones en materia programática; largo y cruento debate interno para definir el vice; falta de respuesta del gobierno ante la crisis local e internacional; protagonismos alternativos al candidato; etc.
La intuición que aparece con la inclusión de Zablah en la fórmula presidencial es que ya es tarde. Se ha dejado avanzar demasiado al contrincante. ¿Por qué? Porque las experiencias pasadas han mostrado un partido capaz de revertir situaciones adversas. Pero esa lectura no corresponde a este momento y el FMLN y su candidato no son lo mismo. Nada es como era entonces. No será un spot de campaña negra lo que determine que nada ha cambiado. Todo ya ha cambiado y su desorden entrópico le impide a la cúpula arenera verlo así y obrar en consecuencia.
Mientras Arena se mira el ombligo, el candidato del FMLN reune multitudes, provoca aglomeraciones, despiertas pasiones. Habla el lenguaje de las mayorías. Muestra su sensibilidad con los que sufren. Eso, aunque no lo parezca desde el punto de vista cognitivo, es el gran mensaje. El que la población esperaba desde hacía mucho.
Imagen tomada del Blog Basta de Casaca.