S?bado, 20 de junio de 2009
Segundo MontesPor Segundo Montes

La polémica acerca de si la ciencia es, o debe ser, neutra o comprometida, que siempre se plantea a todos los niveles, incluso de académicos, en congresos y múltiples circunstancias, es una polémica simplemente farisaica. Si nada en la sociedad y en la vida humana es neutro, sino que es político, la ciencia no puede dejar de serlo.

A la escuela marxista se le acusa de ser ciencia comprometida, y los marxistas no tienen ningún reparo -al contrario- en reconocerlo. El mismo Marx dijo -que había pasado el tiempo de conocer la sociedad, y que de ahí en adelante lo que se tenia que hacer era cambiarla. Un reproche similar se le hace a la teoría de la Dependencia. Con toda razón, ambas escuelas, al conocer la realidad y ver lo injusta que es, concentran todos sus esfuerzos por cambiarla en una sociedad más justa. En cambio, la escuela funcionalista se arroga al apelativo de neutra, y de tratar exclusivamente de entender y explicar la realidad social. El mismo Merton, uno de los mejores exponente, hace ímprobos esfuerzos por demostrar que el funcionalismo no es ni ni radical ni conservador (cfr.-Merton, Robert K., TEORIA Y ESTRUCTURA SOCIALES, México, Fondo de Cultura Económica, 1965 (2a.) Págs. 46-55).

Ya que no se discute que el marxismo y la dependencia sean comprometidos y políticos, la discusión se ha de centrar en la escuela funcionalista, a la que ciertamente consideramos que es política y comprometida, no con el cambio de la sociedad, desde luego, sino con la conservación y defensa del sistema social vigente en el mundo capitalista, como el mejor posible. No me voy a adentrar en la discusión de los grandes planteamientos teóricos de la escuela, ni tampoco en el conjunto de sus aplicaciones prácticas del conocimiento de la realidad social -no hay tiempo aquí para eso, y en otros escritos más largos ya he desarrollado este aspecto-, sino que me voy a concretar a un solo punto: la explicación funcionalista de la estratificación social.

Ante el hecho universal y constante de la desigualdad social, los funcionalistas concluyen que es funcional a la sociedad, y buscan explicaciones de acuerdo a sus principios: la sociedad tiene distintas necesidades que cubrir, escasean los talentos, unos exigen más capacitación y más sacrificios que otras, -la sociedad tiene que estimular a los individuos para que se desempeñen esas funciones, lo que implica expectativas gratificadoras desiguales, y se consolida la diferenciación, el percibir esas gratificaciones diferenciadas.

En un análisis sociológico más completo es preciso considerar los dos aspectos de la realidad: el estático y el dinámico. El aspecto estático, en la estratificación social, es la constatación empírica de la desigualdad, la descripción de diversos estratos diferenciados, y la ubicación de los individuos en el estrato correspondiente, utilizando criterios e indicadores precisos, por medio de un status ya sea asignado, ya sea adquirido. Pero también existe un aspecto dinámico en la estratificación: la movilidad social; y aquí es donde se introduce la ideología, para traicionar la supuesta neutralidad de la ciencia.

La movilidad social es un elemento integrante, indispensable ciertamente, del análisis de la estratificación. Pero también es un elemento ideológico: como una especie de tranquilizante de la conciencia del sistema capitalista y desarrollado que trata de paliar el hecho constatado de la desigualdad social, lo que está contradiciendo los grandes principios y declaraciones de ideales de la igualdad y justicia. Y entonces se presenta a las sociedades desarrolladas, capitalistas, como sociedades “abiertas”, con una alta tasa de densidad y velocidad en la movilidad social, ascendente, por supuesto (de la descendente muy -poco, o nada se habla si se investiga); en fin, se las presenta como ideales, las mejores, en las que todos tienen las mismas oportunidades, cualquiera puede alcanzar los estratos más altos (en lo económico en lo social, en lo cultural, en lo político, en todo). Y se ideologiza, creando mitos y personajes, que han triunfado  en cualquiera de los campos, surgiendo de los estratos más ínfimos; se  los exalta y diviniza, se les construyen estatuas y edificios, se les dedican calles y monumentos, se les da toda clase de honores y reconocimiento. Se presenta, pues, la sociedad moderna, capitalista y desarrollada, como una sociedad “abierta”, no sólo como mejor que cualquier sistema social ( en el que el individuo no tiene esas mismas posibilidades de ascenso, realización y triunfo), sino como la sociedad ideal, que no sólo no habrá que cambiar, sino habrá que conservar.

Las falacias que una tal explicación encierra no es necesario describirlas, para describir el mito de la igualdad de oportunidades de triunfo, por las infinitas limitaciones empíricas que de hecho se dan en tales sociedades. Y frente a las contadas figuras que triunfan, en silencio la infinidad de individuos – que fracasan, y la mayor aún de los que ven cerradas todas las puertas a las oportunidades teóricas para ascender aunque sólo sea un escalón. Pero hay además otro elemento ideológico más sutil en todo este razonamiento, que es preciso develar, por sus implicaciones políticas conservadoras: El individualismo – que se propugna en este planteamiento.

Se enaltece la movilidad social ascendente, pero del individuo. Todo el que – se esfuerce, sea inteligente, aproveche todas las oportunidades que la sociedad le facilita, está llamado a triunfar. Los que no lo logran será por su culpa: son haraganes, viciosos, inconstantes, poco sacrificados, o incluso inferiores. Por consiguiente, hay que exaltar el esfuerzo personal, el sacrificio, la vivacidad, el tesón; y se enaltece a los que triunfaron, precisamente por medio de estas virtudes, que se elevan a la categoría de “modelo”. Es una filosófica del éxito, pero del éxito personal, no del grupo. Más aún, el grupo puede ser un obstáculo para el ascenso, y puede encumbrar a ineptos que se aprovechen del esfuerzo de los capaces. Por consiguiente, hay que establecer un mecanismo que evite ese posible abuso, y se institucionaliza la competividad como sistema, y la competencia como estrategia. Hay que luchar contra los demás, para que prevalezca el más apto; los puestos elevados son limitados, y sólo los más capaces y los más “vivos” llegarán a ellos, a costa de los cadáveres que van quedando en el camino; y valdrán todas las tácticas: la lucha honesta, la zancadilla, la calumnia, el desprestigio, las malas jugadas, en fin, todo lo que sirva para encumbrarse sobre los demás y alcanzar el éxito. Pero como todos tienen las mismas oportunidades, el sistema es bueno, y no debe ser cambiado. 

Este espíritu es lo más antagónico al cambio verdadero, y divide las fuerzas que aunadas pudieran trastocar el orden establecido. El individualismo es antagónico a la lucha colectiva y de clase, e impide que se configure una conciencia de clase. El individualismo es lo mas alienante que se haya podido imaginar para las víctimas de un sistema de injusticia y de competencia en el que sólo los privilegiados tienen oportunidades y triunfan, aunque el mito y la ideologización se esfuerzan por presentar otra imagen, y de convencerlos de que su esfuerzo personal es la llave del éxito.

Todo este conjunto de características hace que el funcionalismo, al menos para el caso que analizamos, no sea “neutro”, sino profundamente político y conservador del “status quo”. Por un lado, presenta la sociedad capitalista desarrollada como ideal, debido a la movilidad que ofrece las mismas oportunidades a todos y propicia el triunfo de los capaces. Por otro lado, fomenta el individualismo como sistema, suscita la competencia, divide la organización colectiva, disuelve el aglutinamiento solidario, e impide la toma de conciencia colectiva y la organización aunada que puede atentar contra la estabilidad del sistema y generar una lucha de clases que lo destruya. No solamente no es neutro, es profundamente político, perfectamente estructurado, y tan sutil en su racionalización que puede engañar a los analistas sinceros, pero ingenuos.

Boletín de CC.EE. y Sociales, junio-dic. 1980



Chichicaste. El Salvador







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Publicado por Alfarero. @ 5:02  | Pensamiento Cr?tico
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