Jueves, 13 de mayo de 2010
Francisco Andrés EscobarMe sucede algo extraño al intentar recordarlo. Cierro los ojos y lo veo sonriente con sus sandalias de pescador y unas tijeras blandas de acariciar las plantas, en los numerosos jardines de la UCA. Como el conejo de Alicia, sonriente y perfumado de azahares pero corriendo siempre a una cita con sus alumnos. Respiraba de una manera que se sabía era alegría, como una flor su rostro se enrojecía. El poeta solitario que sin embargo llevaba tras de sí una serie indescriptible de sonidos. Esta ciudad no será la misma sin su presencia. Don Paco nos faltará a toda hora.

Por Nora Méndez

Me sucede algo extraño al intentar recordarlo. Cierro los ojos y lo veo sonriente con sus sandalias de pescador y unas tijeras blandas de acariciar las plantas, en los numerosos jardines de la UCA. Otras me pasa que lo veo haciendo equilibro en las esquinas de algún edificio o aula magna, siempre risueño, como niño o ángel de la guarda.

A Don Paco lo conocí sin darme cuenta en el año de 1988, cuando extraviada por los laberintos de la UCA mi alma en pena vio pasar su figura impecable de hombre bueno y sin tiempo, como el conejo de Alicia, sonriente y perfumado de azahares pero corriendo siempre a una cita con sus alumnos, con sus libros o con su soledad que no era para nada triste u opaca, todo lo contrario.

Don Paco siempre fue amoroso con los poetas. Uno se despedía y daba vuelta y sentía una mirada de esperanza sobre la espalda. Don Paco nos quería vivos, intensos, floreciendo; por eso mismo nos vio a aquellos poetas de la guerra con una compasión inmesurable. El sabía que llorábamos a cada instante, los infiernos que padecíamos y supo perdonarnos la intermitencia, los horrores de ortografía, los despistes, que nos deshiciéramos incluso en pólvora porque bien sabia de los cruces de camino, de las puertas sin chapa ni cerraduras, de los abismos que nos llamaban infinitos. Gracias, Don Paco, por tanta paciencia.

Cada vez que nos encontrábamos era bien bonito. El respiraba de una manera que se sabía era alegría y como una flor su rostro se enrojecía, en una mezcla de pureza y euforia. Don Paco nos tendió su mano en las horas de muerte. Pasó muchos años de luto por culpa de nosotros los medios muertos y por aquellos que se mataron a tiempo, hasta que el Doctor le dijo que el negro le hacía daño a una de sus vísceras imprescindibles.

Cuando lo conocí ya era célebre por su poema a un Volkswagen y una canción de amor en donde pedía “restitúyeme al viento”. Los poetas y cantores de la época la cantábamos emocionados, como si en ese momento descifráramos algo del misterioso hombre libra que nunca dio explicaciones a nadie. Pocos meses después de mi captura, nos encontramos cerca de su oficina en la Universidad, para entonces conducía un ciclo de cine forum que con el paso de los años se hicieron entrañables -como él- para muchos. Don Paco, entonces, me abrazó efusivo y me invitó a cantar. Yo para esos días era menos que una sombra, pero acepté por compromiso. El sabía lo que hacía, aquel día el canto me devolvió el alma al cuerpo con un poco de llanto, pero como bien sabía Don Paco, los artistas siempre nos crecemos en el escenario. Don Paco supo curarme. Lloró conmigo en el escenario para demostrarme que no todo estaba perdido, que no todos eran insensibles y cobardes.

A Don Paco lo ví tantas veces por la calle, tantas como puede uno encontrarse una nube, un fantasma obsesivo o a un perro aguacatero. Todo eso pudo ser él, el poeta solitario que sin embargo llevaba tras de sí una serie indescriptible de sonidos y aparatos de colores que niños y niñas a los que crió en otras vidas, confeccionaron con sus manos.Don Paco en el bus, distraído en el paisaje y camiseta blanca, blanca de verdad. Don Paco en los pasillos de la UCA, melena al viento y una nariz que le daba aires de Rey lejano. Don Paco bajo los árboles llenos de pericos, Don Paco sonriendo con la vendedora de pupusas, Don Paco en Antiguo Cuscatlán deambulando, Don Paco y su hijo, compañía inseparable, corriendo de un lado a otro por múltiples sitios de la ciudad.

También lo encontré en la boca de otros poetas, a los que alentó toda su vida. En la boca de Claudia Hérodier, que bromeaba con el como uno de sus novios, posible padre de esta hija, cuya procedencia aún no me aclara mi madre Claudia, defensora de la poliandría, que debate el discurso de mi maternidad entre Alvaro Menén Desleal, David Escobar Galindo, Don Paco y Omar Mejía. En las palabras de René Rodas también lo encontré, cuando me explicaba que el ritmo de tal o cual otro poeta era herencia de Don Paco. Para cualquier poeta de nuestra incierta latitud fue un honor haberlo conocido, en mi caso, fue una suerte haber contado con su amistad y cariño a lo largo de todos estos años, sin pensar merecerlo siquiera. Así era él, la madre de los poetas. Como no lo fue Claudia Lars por tener poca paciencia, o Claribel por ser una viajera. Fue Don Paco quien todo nos perdonó, quien nos miraba y lo entendía todo sin que nada le contáramos, quien sabía leer nuestras intenciones en los más absurdos poemas y sabía reír junto a nosotros de esta locura que viaja en la palabra, o que podía ser duro corrector en la equivocación aciaga. Fue madre como otros padre, entre ellos Pedro Geoffroy Rivas o Hugo Lindo.

Los poemas de su maternidad, la vivida con su hijo que por fin encontró en la vida, son a mi juicio su obra lírica más alta, un testimonio de su realización como hombre, de una transparencia sólo posible en un alma como la de Don Paco. El poeta solitario era íntegro en su emoción, nunca posaba, su gracia era natural y así de natural eran sus pláticas. La última vez que nos vimos fue en el Auditorium de su UCA; en esa ocasión le platiqué de su Teba y Don Sofonías y sencillo como siempre me agradeció los halagos y explicó que todas aquellas historias eran ciertas, cuentos que le hacían de sus vidas amigos y amigas, compañeras de trabajo; como si no supiera lo difícil que es contar e hilvanar las historias de otras para llevarlas al arte. Así era Don Paco, el más humilde de los patriarcas literarios, el más suave y dulce, así como el más severo ante la injusticia y la barbarie.

Esta ciudad no será la misma sin su presencia. Don Paco nos faltará a toda hora. Cuando entremos o salgamos de la UCA, cuando peregrinemos por los mártires, cuando crucemos destruidos de mal una calle y necesitemos de un ángel que nos detenga en la muerte, pero tendremos a mano sus poemas, todo aquel misterio de su lírica cristalina, las claves de esta historia que colectó para no explicarnos nada y sí hacernos sentir. El poeta solitario se fue así, de pronto, demasiado pronto y tan solo que nadie sabe explicar -por más que intente- el misterio de su vida y de su muerte. Adiós, Don Paco. Gracias y adiós.

Vuelvo a cerrar los ojos y puedo verlo sentado en el fin del mundo, sin sandalias ni calcetines, junto a Claudia Lars que ha comenzado a rejuvenecer de sólo tenerlo a su lado.

Nora Méndez, nuvolcuculandia, año 2010


Tomada de Crónicas de El Salvador



Chichicaste. El Salvador












Tags: Crónicas salvadoreñas, Poetas salvadoreños, Francisco Andrés Escobar

Publicado por Alfarero. @ 5:21  | Literarte
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Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 13 de mayo de 2010 | 22:14
Que bonito art?culo!!! Lo he disfrutado inmensamente!!! Es un talento muy especial eso de la "escribidera", dichosos los que lo poseen. Yo nunca conoc? personalmente a Don Francisco Andr?s, pero disfrut? mucho de sus art?culos en las p?gina editoriales, esperaba con ansias leer acerca de don Sofon?as Pereira y Sra.

Me d? cuenta que era profesor de la UCA, cuando coment? en mi trabajo lo mucho que disfrutaba al leerlo y un Sr. me dijo que ?l lo ve?a caminar hacia la UCA, donde era profesor (trabaj?bamos cerca de la UCA)...

Me di? mucha tristeza leer sobre su muerte. Me va a hacer falta. Espero que La Prensa siga publicando sus historias...

Muchas gracias por el post...

Mireya
Publicado por Lorena
Martes, 18 de mayo de 2010 | 3:40
Saludos a Nora un beso para ella.