S?bado, 12 de marzo de 2011

Prudencia AyalaPrudencia Ayala desafi? al r?gimen, al orden, al imperio y us? las reglas del juego para romper el juego. Santa Ana era, all? por los a?os 30 del siglo pasado, un lugar mucho m?s tranquilo que ahora. El Barrio San Miguelito apenas ten?a algunas casas que, situadas en las afueras del poblado, era una especie de combinaci?n de lo rural y lo urbano. Por supuesto que en el verano eran gigantescas las polvaredas que bajaban del volc?n.

Prudencia era una santaneca de mucha energ?a y creatividad, de palabra f?cil pero calculada, entre religiosa e incr?dula, de frente despejada y de manos peque?as, due?a de dudas y de certezas. Era una mujer de m?s de 40 a?os, pasaba largas horas dedicada a la costurer?a en su peque?o taller, generalmente se vest?a de faldas con bastante vuelo y de colores oscuros como pareciendo portar ciertos misterios, de peque?a estatura y de mirada penetrante. Siempre fue minuciosa a la hora de cortar las telas para los vestidos de sus clientas y muy detallista en las medidas as? como en la combinaci?n de los colores. En las pl?ticas con sus clientas recog?a mucha informaci?n de lo que estaba ocurriendo en toda la ciudad y el pa?s,? se enteraba tambi?n de lo que pensaba cada una de sus visitantes sobre la situaci?n pol?tica, prestaba mucha atenci?n a lo que hablaban y preguntaba con cordura y fineza.

?Y usted, como siente el pa?s Don Tranquilino? preguntaba a su vecino.? Ni?a Prudencia,? respond?a un se?or alto, delgado, con zapatos grandes, manos grandes, que llegaba a esperar las costuras de su mujer. Yo creo que vivimos un tiempo intermedio, porque Don P?o es diferente de los se?ores Mel?ndez, parece ser mejor que ellos pero no tiene todo el poder,? y,? adem?s, hay una crisis que nos est? comiendo las entra?as. Mire, ni?a Prudencia, que el caf? ya no tiene precio y las campa?as electorales no anuncian nada bueno. Esta era la respuesta de Don Tranquilino. Guardaba silencio despu?s de este discurso, abotonaba hasta arriba su camisa blanca de mangas largas, aseguraba su sombrero caf? mientras cruzaba su pierna izquierda sobre la derecha. Prudencia, mientras tanto, hac?a llorar su m?quina de coser Singer mientras remataba la costura del cuello de una blusa de la mujer de Tranquilino. Escuchaba y pensaba, pensaba y escuchaba. Al terminar la tarde y entrar la noche, las calles de Santa Ana se llenaban de luci?rnagas que como luces errantes indicaban el camino a viajeros invisibles, una peque?a llovizna inesperada abland? el calor esperado en una tarde de fines de marzo.

Una peque?a mesa redonda estaba cubierta con un mantel de fondo morado y 5 rayas blancas, en el centro de la mesa 3 candelas, una blanca, una amarilla y una roja alumbraban la estancia. Dos mujeres guardaban silencio, una frente a la otra y dos tazas humeantes de t? eran la bebida que las dos saboreaban de vez en cuando. La costurera de la tarde manejaba las cartas con habilidad, las agrupaba, las distribu?a y una vez formado el mazo sacaba algunas y las tiraba con habilidad sobre la mesa morada, mientras la consultante esperaba, entre perpleja y miedosa, la respuesta de Prudencia como cuando alguien espera un veredicto. Cuidadosa, con sentido lapidario, abriendo caminos y ofreciendo salidas al problema consultado, Prudencia intentaba aliviar la incertidumbre de la consultante de modo que al retirarse llevara el coraz?n lleno de esperanzas y el ?nimo fortalecido.

La mujer ten?a fama de libre pensadora y algunos y algunas la llamaban bruja, no s?lo por las cartas que tiraba sino porque siempre ten?a opini?n sobre todas aquellas cosas que aflig?an a la gente y que carec?an, aparentemente, de soluci?n. La bruja Prudencia Ayala era llamada as? por las mismas razones que en la edad media europea llamaban brujas a las mujeres m?s inteligentes, a las que sab?an de qu?mica, a las que entend?an de los signos que cruzaban los cielos y, en el caso de Prudencia, en un lugar como Santa Ana dominado por el pensamiento conservador de los cafetaleros, esta peque?a mujer de faldas largas, de blusas con mangas que siempre sobrepasaban el codo, de caminar lento y en ocasiones apoyada en un bast?n, de amores desconocidos pero siempre supuestos, decidi? enfrentarse al orden establecido sin miedo, sin vacilaci?n y sin inseguridades.

Eran tiempos dif?ciles:? cuando los grandes propietarios del occidente del pa?s, los eternos cafetaleros due?os del destino, aparec?an quebrados econ?micamente, cuando el gobierno carec?a de dinero para pagar a sus empleados, cuando comer era la aventura m?s complicada en aquellos tiempos,? Prudencia decidi? luchar para hacerse presidenta del pa?s. Hay que saber que las mujeres no ten?an derechos pol?ticos y cualquiera de ellas que intentara votar era vista como una abusiva impenitente y si no pod?an votar mucho menos pod?an ser candidatas, y mucho menos candidatas a la Presidencia de la Rep?blica. S?lo a alguien con la cabeza de la Prudencia Ayala se le pod?a ocurrir, en semejantes tiempos, con semejantes gobernantes,? semejante cosa.

Por supuesto que no se trataba solamente de la lucha por el voto, nada de eso, porque Prudencia tambi?n era sandinista y apoyaba, verbal y org?nicamente, la lucha del General Sandino en contra del ej?rcito estadounidense en las selvas segovianas. Su cabello corto, liso y negro azabache luc?a siempre 3 ganchos sandinos que la presentaban bien peinada y ordenada.

Una foto de Sandino adornaba la sala de su casa frente a un cuadro del Sagrado Coraz?n de Jes?s alumbrado por una veladora siempre encendida.

Tomado de Tendencia Revolucionaria



Chichicaste. El Salvador







Tags: El Salvador, Mujer, Prudencia Ayala, Historia

Publicado por el_chichicaste @ 4:03  | Mujer
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