Prudencia Ayala desafió al régimen, al orden, al imperio y usó las reglas del juego para romper el juego. Santa Ana era, allá por los años 30 del siglo pasado, un lugar mucho más tranquilo que ahora. El Barrio San Miguelito apenas tenía algunas casas que, situadas en las afueras del poblado, era una especie de combinación de lo rural y lo urbano. Por supuesto que en el verano eran gigantescas las polvaredas que bajaban del volcán.
Prudencia era una santaneca de mucha energía y creatividad, de palabra fácil pero calculada, entre religiosa e incrédula, de frente despejada y de manos pequeñas, dueña de dudas y de certezas. Era una mujer de más de 40 años, pasaba largas horas dedicada a la costurería en su pequeño taller, generalmente se vestía de faldas con bastante vuelo y de colores oscuros como pareciendo portar ciertos misterios, de pequeña estatura y de mirada penetrante. Siempre fue minuciosa a la hora de cortar las telas para los vestidos de sus clientas y muy detallista en las medidas así como en la combinación de los colores. En las pláticas con sus clientas recogía mucha información de lo que estaba ocurriendo en toda la ciudad y el país, se enteraba también de lo que pensaba cada una de sus visitantes sobre la situación política, prestaba mucha atención a lo que hablaban y preguntaba con cordura y fineza.
¿Y usted, como siente el país Don Tranquilino? preguntaba a su vecino. Niña Prudencia, respondía un señor alto, delgado, con zapatos grandes, manos grandes, que llegaba a esperar las costuras de su mujer. Yo creo que vivimos un tiempo intermedio, porque Don Pío es diferente de los señores Meléndez, parece ser mejor que ellos pero no tiene todo el poder, y, además, hay una crisis que nos está comiendo las entrañas. Mire, niña Prudencia, que el café ya no tiene precio y las campañas electorales no anuncian nada bueno. Esta era la respuesta de Don Tranquilino. Guardaba silencio después de este discurso, abotonaba hasta arriba su camisa blanca de mangas largas, aseguraba su sombrero café mientras cruzaba su pierna izquierda sobre la derecha. Prudencia, mientras tanto, hacía llorar su máquina de coser Singer mientras remataba la costura del cuello de una blusa de la mujer de Tranquilino. Escuchaba y pensaba, pensaba y escuchaba. Al terminar la tarde y entrar la noche, las calles de Santa Ana se llenaban de luciérnagas que como luces errantes indicaban el camino a viajeros invisibles, una pequeña llovizna inesperada ablandó el calor esperado en una tarde de fines de marzo.
Una pequeña mesa redonda estaba cubierta con un mantel de fondo morado y 5 rayas blancas, en el centro de la mesa 3 candelas, una blanca, una amarilla y una roja alumbraban la estancia. Dos mujeres guardaban silencio, una frente a la otra y dos tazas humeantes de té eran la bebida que las dos saboreaban de vez en cuando. La costurera de la tarde manejaba las cartas con habilidad, las agrupaba, las distribuía y una vez formado el mazo sacaba algunas y las tiraba con habilidad sobre la mesa morada, mientras la consultante esperaba, entre perpleja y miedosa, la respuesta de Prudencia como cuando alguien espera un veredicto. Cuidadosa, con sentido lapidario, abriendo caminos y ofreciendo salidas al problema consultado, Prudencia intentaba aliviar la incertidumbre de la consultante de modo que al retirarse llevara el corazón lleno de esperanzas y el ánimo fortalecido.
La mujer tenía fama de libre pensadora y algunos y algunas la llamaban bruja, no sólo por las cartas que tiraba sino porque siempre tenía opinión sobre todas aquellas cosas que afligían a la gente y que carecían, aparentemente, de solución. La bruja Prudencia Ayala era llamada así por las mismas razones que en la edad media europea llamaban brujas a las mujeres más inteligentes, a las que sabían de química, a las que entendían de los signos que cruzaban los cielos y, en el caso de Prudencia, en un lugar como Santa Ana dominado por el pensamiento conservador de los cafetaleros, esta pequeña mujer de faldas largas, de blusas con mangas que siempre sobrepasaban el codo, de caminar lento y en ocasiones apoyada en un bastón, de amores desconocidos pero siempre supuestos, decidió enfrentarse al orden establecido sin miedo, sin vacilación y sin inseguridades.
Eran tiempos difíciles: cuando los grandes propietarios del occidente del país, los eternos cafetaleros dueños del destino, aparecían quebrados económicamente, cuando el gobierno carecía de dinero para pagar a sus empleados, cuando comer era la aventura más complicada en aquellos tiempos, Prudencia decidió luchar para hacerse presidenta del país. Hay que saber que las mujeres no tenían derechos políticos y cualquiera de ellas que intentara votar era vista como una abusiva impenitente y si no podían votar mucho menos podían ser candidatas, y mucho menos candidatas a la Presidencia de la República. Sólo a alguien con la cabeza de la Prudencia Ayala se le podía ocurrir, en semejantes tiempos, con semejantes gobernantes, semejante cosa.
Por supuesto que no se trataba solamente de la lucha por el voto, nada de eso, porque Prudencia también era sandinista y apoyaba, verbal y orgánicamente, la lucha del General Sandino en contra del ejército estadounidense en las selvas segovianas. Su cabello corto, liso y negro azabache lucía siempre 3 ganchos sandinos que la presentaban bien peinada y ordenada.
Una foto de Sandino adornaba la sala de su casa frente a un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús alumbrado por una veladora siempre encendida.
Tomado de Tendencia Revolucionaria
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